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Audiocuentos Cristianos

Cuentos y relatos con enseñanza. De mi pluma o los que más me gustan, narrados por mí o por amigos.

Cuento 'Incienso, oro, mirra y el ladrón de tesoros'

Un teatro fantástico interpretado por jóvenes de 𝗔𝗣𝗥 y en el que vemos el poder redentor de Dios entre risas y muchas emociones. Produce David Parra. Guion de Lorena Pareja.

Cuento: 'El incidente del Puente del Búho' (A. Bierce)

Cuento 'El incidente del Puente del Búho' (A. Bierce) El incidente del Puente del Búho Ambrose Bierce Desde un puente ferroviario, al norte de Alabama, un hombre contemplaba el rápido discurrir del agua seis metros más abajo. Tenía las manos detrás de la espalda, las muñecas sujetas con una soga; otra soga, colgada al cuello y atada a un grueso tirante por encima de su cabeza, pendía hasta la altura de sus rodillas. Algunas tablas flojas colocadas sobre los durmientes de los rieles le prestaban un punto de apoyo a él y a sus verdugos, dos soldados rasos del ejército federal bajo las órdenes de un sargento que, en la vida civil, debió de haber sido agente de la ley. No lejos de ellos, en el mismo entarimado improvisado, estaba un oficial del ejército con las divisas de su graduación; era un capitán. En cada lado un vigía presentaba armas, con el cañón del fusil por delante del hombro izquierdo y la culata apoyada en el antebrazo cruzado transversalmente sobre el pecho, postura forzada que obliga al cuerpo a permanecer erguido. A estos dos hombres no les interesaba lo que sucedía en medio del puente. Se limitaban a bloquear los lados del entarimado. Delante de uno de los vigías no había nada; la vía del tren penetraba en un bosque un centenar de metros y, dibujando una curvatura, desaparecía. No muy lejos de allí, sin duda, había una posición de vanguardia. En la otra orilla, un campo abierto ascendía con una ligera pendiente hasta una empalizada de troncos verticales con aberturas para los fusiles y un solo ventanuco por el cual salía la boca de un cañón de bronce que dominaba el puente. Entre el puente y el fortín estaban situados los espectadores: una compañía de infantería, en posición de descanso, es decir, con la culata de los fusiles en el suelo, el cañón inclinado levemente hacia atrás contra el hombro derecho, las manos cruzadas encima de la caja. A la derecha de la hilera de soldados había un teniente; la punta de su sable tocaba tierra, la mano derecha reposaba encima de la izquierda. Sin contar con los verdugos y el reo en el medio del puente, nadie se movía. La compañía de soldados, delante del puente, miraba fijamente, hierático. Los vigías, en frente de los límites del río, podrían haber sido esculturas que engalanaban el puente. El capitán, con los brazos entrelazados y mudo, examinaba el trabajo de sus auxiliares sin hacer ningún gesto. Cuando la muerte se presagia, se debe recibir con ceremonias respetuosas, incluso por aquéllos más habituados a ella. Para este mandatario, según el código castrense, el silencio y la inmovilidad son actitudes de respeto. El hombre cuya ejecución preparaban tenía unos treinta y cinco años. Era civil, a juzgar por su ropaje de cultivador. Poseía elegantes rasgos: una nariz vertical, boca firme, ancha frente, cabello negro y ondulado peinado hacia atrás, inclinándose hacia el cuello de su bien terminada levita. Llevaba bigote y barba en punta, pero sin patillas; sus grandes ojos de color grisáceo desprendían un gesto de bondad imposible de esperar en un hombre a punto de morir. Evidentemente, no era un criminal común. El liberal código castrense establece la horca para todo el mundo, sin olvidarse de las personas decentes. Finalizados los preparativos, los dos soldados se apartaron a un lado y cada uno retiró la madera sobre la que había estado de pie. El sargento se volvió hacia el oficial, lo saludó y se colocó detrás de éste. El oficial, a su vez, se desplazó un paso. Estos movimientos dejaron al reo y al suboficial en los límites de la misma tabla que cubría tres durmientes del puente. El extremo donde se situaba al civil casi llegaba, aunque no del todo, a un cuarto durmiente. La tabla se mantenía en su sitio por el peso del capitán; ahora lo estaba por el peso del sargento. A una señal de su mando, el sargento se apartaría, se balancearía la madera, y el reo caería entre dos durmientes. Consideró que esta acción, debido a su simplicidad, era la más eficaz. No le habían cubierto el rostro ni vendado los ojos. Observó por un instante su inseguro punto de apoyo y miró vagamente el agua que corría por debajo de sus pies formando furiosos torbellinos. Una madera que flotaba en la superficie le llamó la atención y la siguió con la vista. Apenas avanzaba. ¡Qué indolente corriente! Cerró los ojos para recordar, en estos últimos instantes, a su mujer y a sus hijos. El agua brillante por el resplandor del sol, la niebla que se cernía sobre el río contra las orillas escarpadas no lejos del puente, el fortín, los soldados, la madera que flotaba, todo en conjunto lo había distraído. Y en este momento tenía plena conciencia de un nuevo motivo de distracción. Al dejar el recuerdo de sus seres queridos, escuchaba un ruido que no comprendía ni podía ignorar, un ruido metálico, como los martillazos de un herrero sobre el yunque. El hombre se preguntó qué podía ser este ruido, si procedía de una distancia cercana o alejada: ambas hipótesis eran posibles. Se reproducía en regulares plazos de tiempo, tan pausadamente como las campanas que doblan a muerte. Esperaba cada llamada con impaciencia, sin comprender por qué, con recelo. Los silencios eran cada vez más largos; las demoras, enloquecedoras. Los sonidos eran menos frecuentes, pero aumentaba su contundencia y su nitidez, molestándole los oídos. Tuvo pánico de gritar… Oía el tictac de su reloj. Abrió los ojos y escuchó cómo corría el agua bajo sus pies. «Si lograra desatar mis manos -pensó- podría soltarme del nudo corredizo y saltar al río; esquivaría las balas y nadaría con fuerza, hasta alcanzar la orilla; después me internaría en el bosque y huiría hasta llegar a casa. A Dios gracias, todavía permanece fuera de sus líneas; mi familia está fuera del alcance de la Posición más avanzada de los invasores.» Mientras se sucedían estos pensamientos, reproducidos aquí por escrito, el capitán inclinó la cabeza y miró al sargento. El suboficial se colocó en un extremo. II Peyton Farquhar, cultivador adinerado, provenía de una respetable familia de Alabama. Propietario de esclavos, político, como todos los de su clase fue, por supuesto, uno de los primeros secesionistas y se dedicó, en cuerpo y alma, a la causa de los Estados del Sur. Determinadas condiciones, que no podemos divulgar aquí, impidieron que se alistara en el valeroso ejército cuyas nefastas campañas finalizaron con la caída de Corinth, y se enojaba de esta trabazón sin gloria, anhelando conocer la vida del soldado y encontrar la ocasión de distinguirse. Estaba convencido de que esta ocasión llegaría para él, como llega a todo el mundo en tiempo de guerra. Entre tanto, hacía lo que podía. Ninguna acción le parecía demasiado modesta para la causa del Sur, ninguna aventura lo suficientemente temeraria si era compatible con la vida de un ciudadano con alma de soldado, que con buena voluntad y sin apenas escrúpulos admite en buena parte este refrán poco caballeroso: en el amor y en la guerra, todos los medios son buenos. Una tarde, cuando Farquhar y su mujer estaban descansando en un rústico banco, próximo a la entrada de su parque, un soldado confederado detuvo su corcel en la verja y pidió de beber. La señora Farquhar sólo deseaba servirle con sus níveas manos. Mientras fue a buscar un vaso de agua, su esposo se aproximó al polvoriento soldado y le pidió ávidamente información del frente. -Los yanquis están reparando las vías del ferrocarril -dijo el hombre- porque se preparan para avanzar. Han llegado hasta el Puente del Búho, lo han reparado y han construido una empalizada en la orilla norte. Por una orden, colocada en carteles por todas partes, el comandante ha dictaminado que cualquier civil a quien se le sorprenda en intento de sabotaje a las líneas férreas será ejecutado sin juicio previo. Yo he visto la orden. -¿A qué distancia está el Puente del Búho? -pregunto Faquhar. -A unos cincuenta kilómetros. -¿No hay tropas a este lado del río? -Un solo piquete de avanzada a medio kilómetro, sobre la vía férrea, y un solo vigía de este lado del puente. -Suponiendo que un hombre -un ciudadano aficionado a la horca- pudiera despistar la avanzadilla y lograse engañar al vigía -dijo el plantador sonriendo-, ¿qué podría hacer? El militar pensó: -Estuve allí hace un mes. La creciente de este invierno pasado ha acumulado una enorme cantidad de troncos contra el muelle, en esta parte del puente. En estos momentos los troncos están secos y arderían con mucha facilidad. En ese mismo instante, la mujer le acercó el vaso de agua. Bebió el soldado, le dio las gracias, saludó al marido y se alejó con su cabalgadura. Una hora después, ya de noche, volvió a pasar frente a la plantación en dirección al norte, de donde había venido. Aquella tarde había salido a reconocer el terreno. Era un soldado explorador del ejército federal. III Al caerse al agua desde el puente, Peyton Farquhard perdió la conciencia, como si estuviera muerto. De este estado salió cuando sintió una dolorosa presión en la garganta, seguida de una sensación de ahogo. Dolores terribles, fulgurantes, cruzaban todo su cuerpo, de la cabeza a los pies. Parecía que recorrían líneas concretas de su sistema nervioso y latían a un ritmo rápido. Tenía la sensación de que un enorme torrente de fuego le subía la temperatura insoportablemente. La cabeza le parecía a punto de explotar. Estas sensaciones le impedían cualquier tipo de raciocinio, sólo podía sentir, y esto le producía un enorme dolor. Pero se daba cuenta de que podía moverse, se balanceaba como un péndulo de un lado para otro. Después, de un solo golpe, muy brusco, la luz que lo rodeaba se alzó hasta el cielo. Hubo un chapoteo en el agua, un rugido aterrador en sus oídos y todo fue oscuridad y frío. Al recuperar la conciencia supo que la cuerda se había roto y él había caído al río. Ya no tenía la sensación de estrangulamiento: el nudo corredizo alrededor de su garganta, además de asfixiarle, impedía que entrara agua en sus pulmones. ¡Morir ahorcado en el fondo de un río! Esta idea le parecía absurda. Abrió los ojos en la oscuridad y le pareció ver una luz por encima de él, ¡tan lejana, tan inalcanzable! Se hundía siempre, porque la luz desaparecía cada vez más hasta convertirse en un efímero resplandor. Después creció de intensidad y comprendió a su pesar que subía de nuevo a la superficie, porque se sentía muy cómodo. «Ser ahogado y ahorcado -pensó- no está tan mal. Pero no quiero que me fusilen. No, no habrán de fusilarme. Eso no sería justo.» Aunque inconsciente del esfuerzo, el vivo dolor de las muñecas le comunicaba que trataba de deshacerse de la cuerda. Concentró su atención en esta lucha como si fuera un tranquilo espectador que podía observar las habilidades de un malabarista sin demostrar interés alguno por el resultado. Qué prodigioso esfuerzo. Qué magnífica, sobrehumana energía. ¡Ah, era una tentativa admirable! ¡Bravo! Se desató la cuerda: sus brazos se separaron y flotaron hasta la superficie. Pudo discernir sus manos a cada lado, en la creciente luz. Con nuevo interés las vio agarrarse al nudo corredizo. Quitaron salvajemente la cuerda, la lanzaron lejos, con rabia, y sus ondulaciones parecieron las de una culebra de agua. «¡Ponla de nuevo, ponla de nuevo!» Creyó gritar estas palabras a sus manos, porque después de liberarse de la soga sintió el dolor más inhumano hasta entonces. El cuello le hacía sufrir increíblemente, la cabeza le ardía; el corazón, que apenas latía, estalló de inmediato como si fuera a salírsele por la boca. Una angustia incomprensible torturó y retorció todo su cuerpo. Pero sus manos no le respondieron a la orden. Golpeaban el agua con energía, en rápidas brazadas de arriba hacia abajo, y lo sacaron a flote. Sintió emerger su cabeza. El resplandor del sol lo cegó; su pecho se expandió con fuertes convulsiones. Después, un dolor espantoso y sus pulmones aspiraron una gran bocanada de oxígeno, que al instante exhalaron en un grito. Ahora tenía plena conciencia de sus facultades; eran, verdaderamente, sobrenaturales y sutiles. La terrible perturbación de su organismo las había definido y despertado de tal manera que advertían cosas nunca percibidas hasta ahora. Sentía los movimientos del agua sobre su cara, escuchaba el ruido que hacían las diminutas olas al golpearlo. Miraba el bosque en una de las orillas y conocía cada árbol, cada hoja con todos sus nervios y con los insectos que alojaba: langostas, moscas de brillante cuerpo, arañas grises que tendían su tela de ramita en ramita. Contempló los colores del prisma en cada una de las gotas de rocío sobre un millón de briznas de hierba. El zumbido de los moscardones que volaban sobre los remolinos, el batir de las alas de las libélulas, las pisadas de las arañas acuáticas, como remos que levanta una barca, todo eso era para él una música totalmente perceptible. Un pez saltó ante su vista y escuchó el deslizar de su propio cuerpo que surcaba la corriente. Había llegado a la superficie con el rostro a favor de la corriente. El mundo visible comenzó a dar vueltas lentamente. Entonces vio el puente, el fortín, a los vigías, al capitán, a los dos soldados rasos, sus verdugos, cuyas figuras se distinguían contra el cielo azul. Gritaban y gesticulaban, señalándolo con el dedo; el oficial le apuntaba con su revólver, pero no disparaba; los otros carecían de armamento. Sus movimientos a simple vista resultaban extravagantes y terribles; sus siluetas, grandiosas. De pronto escuchó un fuerte estampido y un objeto sacudió fuertemente el agua a muy poca distancia de su cabeza, salpicando su cara. Escuchó un segundo estampido y observó que uno de los vigías tenía aún el fusil al hombro; de la boca del cañón ascendía una nube de color azul. El hombre del río vio cómo le apuntaba a través de la mirilla del fusil. Al mirar a los ojos del vigía, se dio cuenta de su color grisáceo y recordó haber leído que todos los tiradores famosos tenían los ojos de ese color; sin embargo, éste falló el tiro. Un remolino le hizo girar en sentido contrario; nuevamente tenía a la vista el bosque que cubría la orilla opuesta al fortín. Escuchó una voz clara detrás de él; en un ritmo monótono, llegó con una extremada claridad anulando cualquier otro sonido, hasta el chapoteo de las olas en sus oídos. A pesar de no ser soldado, conocía bastante bien los campamentos y lo que significaba esa monserga en la orilla: el oficial cumplía con sus quehaceres matinales. Con qué frialdad, con qué pausada voz que calmaba a los soldados e imponía la suya, con qué certeza en los intervalos de tiempo, se escucharon estas palabras crueles: -¡Atención, compañía …! ¡Armas al hombro…! ¡Listos…! ¡Apunten…! ¡Fuego…! Farquhar pudo sumergirse tan profundamente como era necesario. El agua le resonaba en los oídos como la voz del Niágara. Sin embargo, oyó la estrepitosa descarga de la salva y, mientras emergía a la superficie, encontró trozos de metal brillante, extremadamente chatos, bajando con lentitud. Algunos le alcanzaron la cara y las manos, después siguieron descendiendo. Uno se situó entre su cuello y la camisa: era de un color desagradable, y Farquhar lo sacó con energía. Llegó a la superficie, sin aliento, después de permanecer mucho tiempo debajo del agua. La corriente lo había arrastrado muy lejos, cerca de la salvación. Mientras tanto, los soldados volvieron a cargar sus fusiles sacando las baquetas de sus cañones. Otra vez dispararon y, de nuevo, fallaron el tiro. El perseguido vio todo esto por encima de su hombro. En ese momento nadaba enérgicamente a favor de la corriente. Todo su cuerpo estaba activo, incluyendo la cabeza, que razonaba muy rápidamente. «El teniente -pensó- no cometerá un segundo error. Esto era un error propio de un oficial demasiado apegado a la disciplina. ¿Acaso no es más fácil eludir una salva como si fuese un solo tiro? En estos momentos, seguramente, ha dado la orden de disparar a voluntad. ¡Qué Dios me proteja, no puedo esquivar a todos!» A dos metros de allí se escuchó el increíble estruendo de una caída de agua seguido de un estrepitoso escándalo, impetuoso, que se alejaba disminuyendo, y parecía propasarse en el aire en dirección al fortín, donde sucumbió en una explosión que golpeó las profundidades mismas del río. Se levantó una empalizada líquida, curvándose por encima de él; lo cegó y lo ahogó. ¡Un cañón se había unido a las demás armas! El obús sacudió el agua, oyó el proyectil, que zumbó delante de él despedazando las ramas de los árboles del bosque cercano. «No empezarán de nuevo -pensó-. La próxima vez cargarán con metralla. Debo fijarme en la pieza de artillería, el humo me dirigirá. La detonación llega demasiado tarde: se arrastra detrás del proyectil. Es un buen cañón.» De inmediato comenzó a dar vueltas y más vueltas en el mismo punto: giraba como una peonza. El agua, las orillas, el bosque, el puente, el fortín y los hombres ahora distantes, todo se mezclaba y desaparecía. Los objetos ya no eran sino sus colores; todo lo que veía eran banderas de color. Atrapado por un remolino, marchaba tan rápidamente que tenía vértigo y náuseas. Instantes después se encontraba en un montículo, en el lado izquierdo del río, oculto de sus enemigos. Su inmovilidad inesperada, el contacto de una de sus manos contra la pedriza, le devolvió los sentidos y lloró de alegría. Sus dedos penetraron la arena, que se echó encima, bendiciéndola en voz alta. Para su parecer era la cosa más preciosa que podría imaginar en esos momentos. Los árboles de la orilla eran gigantescas plantas de jardinería; le llamó la atención el orden determinado en su disposición, respiró el aroma de sus flores. La luz brillaba entre los troncos de una forma extraña y el viento entonaba en sus hojas una armoniosa música interpretada por una arpa eólica. No quería seguir huyendo, le bastaba permanecer en aquel lugar perfecto hasta que lo capturaran. El silbido estrepitoso de la metralla en las hojas de los árboles lo despertaron de su sueño. El artillero, decepcionado, le había enviado una descarga al azar como despedida. Se alzó de un brinco, subió la cuesta del río con rapidez y se adentró en el bosque. Caminó todo el día, guiándose por el sol. El bosque era interminable; no aparecía por ningún sitio el menor claro, ni siquiera un camino de leñador. Ignoraba vivir en una región tan salvaje, y en este pensamiento había algo de sobrenatural. Al anochecer continuó avanzando, hambriento y fatigado, con los pies heridos. Continuaba vivo por el pensamiento de su familia. Al final encontró un camino que lo llevaba a buen puerto. Era ancho y recto como una calle de ciudad. Y, sin embargo, no daba la impresión de ser muy conocido. No colindaba con ningún campo; por ninguna parte aparecía vivienda alguna. Nada, ni siquiera el ladrido de un perro, sugería un indicio de humanidad próxima. Los cuerpos de los dos enormes árboles parecían dos murallas rectilíneas; se unían en un solo punto del horizonte, como un diagrama de una lección de perspectiva. Por encima de él, levantó la vista a través de una brecha en el bosque, y vio enormes estrellas áureas que no conocía, agrupadas en extrañas constelaciones. Supuso que la disposición de estas estrellas escondía un significado nefasto. De cada lado del bosque percibía ruidos en una lengua desconocida. Le dolía el cuello; al tocárselo lo encontró inflamado. Sabía que la soga lo había marcado con un destino trágico. Tenía los ojos congestionados, no podía cerrarlos. Su lengua estaba hinchada por la sed; sacándola entre los dientes apaciguaba su fiebre. La hierba cubría toda aquella avenida virgen. Ya no sentía el suelo a sus pies. Dejando a un lado sus sufrimientos, seguramente se ha dormido mientras caminaba, porque contempla otra nueva escena; quizá ha salido de una crisis delirante. Se encuentra delante de las rejas de su casa. Todo está como lo había dejado, todo rezuma belleza bajo el sol matinal. Ha debido caminar, sin parar, toda la noche. Mientras abre las puertas de la reja y sube por la gran avenida blanca, observa unas vestiduras flotar ligeramente: su esposa, con la faz fresca y dulce, sale a su encuentro bajando de la galería, colocándose al pie de la escalinata con una sonrisa de inenarrable alegría, en una actitud de gracia y dignidad incomparables. ¡Qué bella es! Él se lanza para abrazarla. En el momento en que se dispone a hacerlo, siente en su nuca un golpe que le atonta. Una luz blanca y enceguecedora clama a su alrededor con un estruendo parecido al del cañón… y después absoluto silencio y absoluta oscuridad. Peyton Farquhar estaba muerto. Su cuerpo, con el cuello roto, se balanceaba de un lado a otro del Puente del Búho. “An Occurrence at Owl Creek Bridge”

Cuento: El gigante egoísta (Oscar Wilde)

December 28, 2021

Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura, que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos. —¡Qué felices somos aquí! —se decían unos a otros. Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín. —¿Qué hacen aquí? —surgió con su voz retumbante. Los niños escaparon corriendo en desbandada. —Este jardín es mío. Es mi jardín propio —dijo el Gigante—; todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí. Y de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía: "ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES". Era un Gigante egoísta... Los pobres niños se quedaron sin tener donde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás. —¡Qué dichosos éramos allí! —se decían unos a otros. Cuando la Primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el Invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños, que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida. Los únicos que ahí se sentían a gusto, eran la Nieve y la Escarcha. —La Primavera se olvidó de este jardín —se dijeron—, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año. La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas. —¡Qué lugar más agradable! —dijo—. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también. Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo. —No entiendo por qué la Primavera se demora tanto en llegar aquí— decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco, espero que pronto cambie el tiempo. Pero la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno. —Es un gigante demasiado egoísta— decían los frutales. De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles. Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas. —¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la Primavera —dijo el Gigante y saltó de la cama para correr a la ventana. ¿Y qué es lo que vio? Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flo- res y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Sólo en un rincón el Invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse. —¡Sube a mí, niñito! —decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño. El Gigante sintió que el corazón se le derretía. —¡Cuán egoísta he sido! —exclamó—. Ahora sé por qué la Primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños. Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho. Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en Invierno otra vez. Sólo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos, y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera regresó al jardín. —Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos —dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro. Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás. Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante. —Pero, ¿dónde está el más pequeñito? —preguntó el Gigante—, ¿ese niño que subí al árbol del rincón? El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso. —No lo sabemos —respondieron los niños—, se marchó solito. —Díganle que vuelva mañana —dijo el Gigante. Pero los niños contestaron que no sabían donde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste. Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él. —¡Cómo me gustaría volverle a ver! — repetía. Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín. —Tengo muchas flores hermosas —se decía—, pero los niños son las flores más hermosas de todas. Una mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el Invierno pues sabía que el Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando. Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado y miró, miró… Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín, había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos. Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuan- do llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira, y dijo: —¿Quién se ha atrevido a hacerte daño? Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies. —¿Pero, quién se atrevió a herirte? — gritó el Gigante—. Dímelo, para tomar la espada y matarlo. —¡No! —respondió el niño—. Estas son las heridas del Amor. —¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? — preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño. Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo: —Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso. Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas.

Cuento: El rey que no dejaban reinar

Hace mucho, mucho tiempo, en una tierra lejana donde los príncipes aún lucían corona y los sueños de cuando en cuando se hacían realidad, vivía un monarca bondadoso que gobernaba para el bien de su reino. El Rey tenía sabios, consejeros, guerreros, trovadores, artesanos, carros, caballos, mar y tierras para cultivar. Todo lo que suele tener un rey de gran riqueza. Pero más que en nadie, el Soberano, cifraba sus afectos en el único hijo que le pudo dar su esposa, ya fallecida. Un día, el más ilustre de sus sabios, el mago principal, llamó a la independencia. Declaró injusto que aquel rey sojuzgase a todos desde hacía tantísimos años. Que al fin y al cabo era su igual. Por lo tanto, llegaba el tiempo de una revolución. Se le unieron en su locura príncipes de muchas provincias, otros sabios y encantadores, ejércitos, pueblos y aldeas, miles que vinieron contra el palacio seducidos por el rebelde y rodearon la fortaleza. El gran Monarca, muy consciente de las desgracias de una guerra, tomó consejo con su hijo y decidieron proponer una tregua. Pidió tres días a las huestes que se reunieron en su contra, mientras trazaba un plan. Al tercer día en la mañana, cuando el mago rebelde pidió una resolución, se mostraron en la muralla, príncipe y rey, y leyó en alta voz las siguientes palabras: ¡Yo, como rey de mi pueblo, os juro firmar una orden que a partir de hoy mismo se convertirá en ley! En ella se expresa que si no queréis que os gobierne y rechazáis mi autoridad, quedaré en mi palacio. Vosotros seréis vuestros propios señores. Solo usaré mi fuerza y ciencia cuando el peligro os aceche, y cuando no tengáis esperanza de escapar. Cuando la destrucción sea inminente. Entonces y solo entonces, para la salvación de mi reino, actuaré. Mientras tanto respetaré la ley y vuestra libertad. Esta norma suprema revocará de dos formas: a los mil años de prueba, o si me lo pedís porque os dais cuenta de vuestra equivocación". El Pueblo escuchó las palabras. Su líder reunió a los cabecillas y valoraron la propuesta. Ávidos de poder aceptaron firmar la ley que estaría sobre todos, hasta sobre el Monarca. Finalmente, la guerra no se produjo y aquel día acabó en fiesta. Todos lo celebraron. Todos, excepto unos pocos que amaban al Rey, y que se dieron cuenta de las consecuencias fatales. “Majestad”, dijeron, “¿Qué será de nosotros? ¿Por qué no has querido pelear?”. El Rey, con suma tristeza, guardó silencio. Solo quería seguir gobernando cuando sus súbditos así lo quisieran. Al día siguiente las gentes dejaron de ir a palacio a buscar juicio, consejo o ayuda. Acababan de formar un reino dentro de otro reino. Proclamaron la independencia. Cambiaron las cosas de lugar. Firmaron leyes y edictos. Se olvidaron de aquel Soberano que por años les había servido. Ahora, ellos eran los señores y se sentían libres; pero, en realidad, habían caído en el engaño del mago rebelde. Ignoraban que aquella ley que regía por encima de todos era la prueba de amor de su Monarca, quien limitó su poder y dejó libertad de elegir a su gente la emancipación. A partir de aquí la historia es muy triste. Ambiciones y luchas de poder. Hambre en unas partes del Reino. Derroche y vicio en otras. Esclavitud, crimen, corrupción... Aunque también había hombres buenos que no traicionaron al Rey. El Mago consiguió burlar a la tumba con artes oscuras. Y, como la inmortalidad era solo facultad del soberano y su príncipe, el rebelde enloqueció de grandeza y quiso que todos olvidaran que existía el palacio, en el que seguía morando un rey paciente y compasivo. Sin embargo, eso era totalmente imposible, porque el trono tenía aún amigos: sirvientes y fieles que recordaban las historias del reino. Además, cada cierto tiempo se cernía sobre la nación miseria o quebranto, y ningún poder en la Tierra conseguía libertarles. Ya fuese por el furor de la naturaleza; o por la guerra, el hambre o plagas… Antes o después, el Rey se hacía necesario, por no decir imprescindible. Entonces, tal y como dictaba la ley, el Monarca actuaba haciendo gala de su fuerza y magnificencia. Usaba su sabio consejo, su gran riqueza y su profundo amor para detener tifones, decidir batallas, o incluso añadir a los doctores más conocimiento. Pasaron los años y siglos. Y llegó un día cuando se manifestó el colmo de la generosidad del Rey. Apareció en el cielo un gran dragón que asoló el reino. Pues redujo el campo a ceniza, diezmó a la grey y cundió el pánico en toda la nación. Ni grandes ejércitos ni héroes del pueblo ni el mismísimo mago rebelde consiguieron detenerle. Sembró la destrucción y ya no había esperanza. Pero, una vez más, la victoria llegó de palacio, ya que el único capaz de vencerlo era el noble Príncipe; y su Padre lo envió a la batalla. Luchó con lanza y escudo de bronce. Después con arco y flechas de plata. Por último, desenvainó su espada de oro e hirió al escupefuegos en plena cabeza. El monstruoso enemigo se derrumbó con tan mala fortuna que aplastó al Príncipe y segó su vida. Ese fue el precio que pagó el rey por la salvación de su pueblo. A pesar de la hazaña, los súbditos estaban tan endurecidos de corazón y ciegos, por las artes del mago rebelde, que continuaron sin pedir el fin de la ley. Mas no todos: un remanente sí que dio gracias a su benefactor. Y a ellos, una noche, después de la tragedia del dragón, les visitó una brisa misteriosa que les infundióç valor y sabiduría. ¡Era el Príncipe, cuyo espíritu se había convertido en viento y había soplado desde el cielo! Así despertó a muchos de su encantamiento y sintieron el deseo de ser fieles al trono del anciano Monarca. “Majestad, somos conscientes de nuestra gran equivocación. Es hora de revocar la ley y de volver a estar bajo su autoridad”, dijeron a coro. “Eso no es posible, amigos míos”, contestó el Monarca. “La mayoría de mis súbditos no quieren que reine sobre ellos. Debéis esperar a que se cumplan los mil años”. “Pero para entonces no viviremos, oh Sabio Rey”, alegaron. “Viviréis en espíritu, con mi Príncipe a quien di por salvaros. Y también vivirán vuestros hijos”, fue la respuesta del encanecido rey. “¿Y hasta que llegue ese día qué haremos, Padre? Pues no podemos estar ya fuera de tu abrigo”. Tras una pausa solemne contestó: “Si queréis desobedecer la ley a todos impuesta, por la que no soy rey en mi reino, para que reine sobre vosotros, habéis de saber que os llamarán rebeldes y hasta podrán trataros como a proscritos en algunas provincias. El Mago perseguirá vuestros gestos de fidelidad. Y solo os quedará la esperanza de que muchos más de mi pueblo reconozcan la verdad, cuando vosotros les ayudéis a despertar”. “¡Eso haremos! ¡Cuenta con nuestra lealtad! Te serviremos y buscaremos el bien de tu reino”, gritaron los súbditos. “Pues vosotros sabed que llegará el día cuando la ley termine, y echaré al Mago en una cárcel perpetua; y terminará este sufrimiento; y todos volverán a estar bajo mi autoridad. Hasta entonces, vosotros también contad conmigo en todo tiempo”. Y este es el fin del cuento de aquella tierra lejana, donde los príncipes aún llevan corona y los sueños de cuando en cuando se hacen realidad; donde no dejan reinar al Rey y a los hombres les tarda la felicidad. Juan Carlos Parra.

Cuento: "El Príncipe Feliz"

Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde4​(Dublín, Irlanda,4​ entonces perteneciente al Reino Unido,1​ 16 de octubre de 1854-París, Francia, 30 de noviembre de 1900), conocido como Oscar Wilde, fue un escritor, poeta y dramaturgo de origen irlandés.5​ Wilde es considerado uno de los dramaturgos más destacados del Londres victoriano tardío; además, fue una celebridad de la época debido a su gran y aguzado ingenio. Hoy en día, es recordado por sus epigramas, sus cuentos, sus obras de teatro, su única novela El retrato de Dorian Gray, y la tragedia de su encarcelamiento, seguida de su muerte prematura. Como un portavoz del esteticismo, se dedicó a varias actividades literarias; publicó un libro de poemas, dio conferencias en Estados Unidos y Canadá sobre el renacimiento inglés6​ y después regresó a Londres, donde trabajó prolíficamente como periodista.7​ Conocido por su ingenio mordaz, su vestir extravagante y su brillante conversación, Wilde se convirtió en una de las mayores personalidades de su tiempo. También exploró profundamente el catolicismo —religión a la que se convirtió en su lecho de muerte—.8​ En la década de 1890, refinó sus ideas sobre la supremacía del arte en una serie de diálogos y ensayos, e incorporó temas de decadencia, duplicidad y belleza en su única novela, El retrato de Dorian Gray.9​ La oportunidad para desarrollar con precisión detalles estéticos y combinarlos con temas sociales le indujo a escribir teatro. En París, escribió Salomé en francés, pero su representación fue prohibida porque en la obra aparecían personajes bíblicos.10​n. 2​n. 3​ Imperturbable, escribió cuatro «comedias divertidas para gente seria» a principios de la década de 1890, convirtiéndose en uno de los más exitosos dramaturgos del Londres victoriano tardío.

El tamborilero y la conversión de un judío

October 20, 2021

*EL TAMBORILERO Y LA CONVERSIÓN DE UN JUDÍO* M. L. Rossvally (1828-1892) Esta historia real aconteció durante la guerra de Secesión norteamericana, es, por lo tanto, de la misma época y escenario de la inolvidable película “Lo que lo viento se llevó”, y la narra un médico judío: el doctor Rossvally. Durante la guerra civil era yo cirujano en el Ejército (de los Estados del Norte, de los “yanquis”) y, al acabar la batalla de Gettysburg, había cientos de soldados heridos en mi hospital. Tenía que cortar brazos y piernas a toda prisa. *El tamborilero* 
Uno de los heridos era un joven que sólo había sido el tamborilero, durante tres meses: por razones de edad se había alistado para tocar el tambor, porque era demasiado joven. Cuando le llegó el turno para cortarle la pierna, el celador y la auxiliar quisieron darle el cloroformo para dormirlo, pero el chaval lo rechazó. Me gritaron y fui a ver qué pasaba y, extrañado, le pedí por qué no quería que lo durmiesen. Él me respondió: -Doctor, cuando yo tenía 9 años di mi corazón a Nuestro Señor, el buen Jesús. Durante todos estos Él ha ido enseñándome a confiar en su Fuerza en las diversas cosas de la vida. Jesús es mi fuerza y mi estimulante, y Él me sostendrá mientras me cortan la pierna y el brazo. 
Le aconsejé que, si no quería cloroformo, tomara algo de coñac, pero él también se negó, diciéndome: -Cuando era yo un niño, mi madre pidió a Dios que me guardase de las bebidas alcohólicas, porque mi padre murió alcoholizado. Ahora tengo 17 años y nunca he probado ningún licor. Como seguramente iré pronto a la presencia de Dios, no me gustaría hacer el viaje medio borracho. A la sazón yo odiaba a los cristianos y a Jesucristo, pero no tuve más remedio que respetar tan altos sentimientos e incluso le pregunté si quería ver su pastor, y me respondió que sí.

 Al acudir, el pastor le preguntó qué podía hacer por él, y el joven le dijo: -Por favor, tome la Biblia que tengo aquí bajo el cojín. Adentro viene escrita la dirección de mi madre. Enviadle mi biblia y escribidle también cuatro letras para decirle que todos los días la he leído y que he rogado por mi madre…Y, ahora, doctor, estoy preparado y prometo no gritar mientras me operan.

 Mientras le amputaban la carne, el tamborilero no se quejó ni gimió, pero yo sí que tomé algo de coñac por hacerme el ánimo. Cuando eché mano de la sierra por separar la carne del hueso, el chico se puso el cojín entre los dientes y sólo le oía decir: -Jesús, buen Jesús, ayudame ahora.  Ya por la noche, yo no podía dormir: me revolvía a derecha y a izquierda en mi cama sin dejar de ver aquellos ojos azules del joven. Pasada la medianoche, hice una cosa para mí insólita: levantarme de la cama e ir al hospital sin ser solicitado por nadie. Al llegar, el auxiliar me hizo saber que había habido dieciséis muertes. Le pregunté si Carlos (el joven tamborilero) había muerto y me dijo que no, que dormía en ese momento. También me contó que allá al atardecer, lo habían visitado un par de miembros de la Comisión Cristiana y un pastor, los cuales habían orado arrodillados con mucha devoción y que, acto seguido, habían cantado todos juntos –también Carlos- algunos conmovedores cánticos evangélicos. Por cierto que no me cabía en la cabeza, de ninguna forma, como él, recién operado, podía haber cantado ni poco ni mucho. Cinco días más tarde, Carlos me hizo llamar, y pude escuchar, pese a mis manías y prejuicios, por primera vez, un mensaje evangélico. Me dijo, si mal no recuerdo: -Doctor, mi hora no puede ya tardar demasiado, y no espero ver ninguna salida de sol más. Gracias a Dios me veo dispuesto y, antes de morir, quiero agradecerle de todo corazón su bondad por mí. Doctor, usted es israelita, y no cree en el Mesías Jesús. Ahora solo le pido hacerme el favor de quedarse aquí para verme morir confiando en mi Salvador hasta el último aliento. Quería quedarme, pero de nuevo el valor me falló y me fui enseguida. Sin embargo, a los veinte minutos un auxiliar vino a buscarme, me encontró turbado, con la cara cubierta con ambas manos, y a pesar de eso me informó de que Carlos aún insistía en verme. -Ahora mismo acabo de verle –le contesté. -Doctor, no para de decir que quiere volverlo a ver ahora que se está muriendo. El caso es que volví decidido a decirle algunas palabras afectuosas pero sin dejarme influir por su fe ni creencias. Al entrar dentro del cuarto me di cuenta de que el tamborilero empeoraba de prisa. Me puse al lado de la cama y me dijo: -Doctor, le amo porque es del pueblo de Israel, como mi mejor amigo. Le pregunté quién era el tal amigo suyo israelita, y me respondió: -Jesús, el Mesías, a quien quiero presentarle antes de morir. Y, ¿me promete que no olvidará lo que ahora le diré? Se lo prometí. -Hace cinco días, cuando me amputaban, le rogué al Señor Jesús que convirtiese su alma doctor y le regalase fe en Él. Estas palabras me tocaron profundamente el corazón, porque no entendía cómo, entre dolores tan agudos, podía pensar en Cristo y en mi alma incrédula. Sacando fuerzas como buenamente pude, le dije: -Querido amiguito, tranquilo, pronto todo irá bien para ti. Y unos minutos más tarde él “se durmió, seguro, en los brazos de Jesús”, tal y como decía la canción que cantaba. Cientos de soldados murieron en mi hospital, pero sólo fui a acompañar y a enterrar a uno: Carlos Coulson. Sus últimas palabras me dejaron descolocado y hecho un lío. Por aquel entonces, yo era rico en dinero, pero lo habría dado todo por tener una fe como la de aquel chico. ¡Ay de mí! porque hay cosas que no se compran con dinero. *El barbero* Luché durante diez largos años contra Cristo, con todo el odio de un judío ortodoxo hasta que Dios, en Su misericordia, me puso en contacto con un barbero cristiano, quien fue el segundo instrumento en mi conversión a Dios. Al terminar la Guerra Civil, fui nombrado Inspector Cirujano a cargo del hospital militar en Galveston, Texas. Cierto día, regresando a Washington de un viaje de inspección, me quedé varias horas en Nueva York para descansar. Después de la comida fui a la peluquería (hay una en cada hotel de renombre en los Estados Unidos). Al entrar me sorprendió ver en las paredes dieciséis textos bíblicos en hermosos marcos de distintos colores. Al sentarme en una de las sillas del barbero, vi directamente frente a mí, enmarcada en la pared, esta nota: “POR FAVOR, NO DIGA MALAS PALABRAS EN ESTE LUGAR”. El barbero apenas había empezado a afeitarme cuando empezó a hablarme de Jesús. Lo hizo de un modo tan atractivo y cariñoso que arrasó con mis prejuicios, y lo escuché con creciente atención. Mientras hablaba, me vino a la mente Carlos Coulson, el muchacho que tocaba el tambor, aunque habían pasado ya diez años desde que había muerto. Tanto me agradaron las palabras y la conducta del barbero que en cuanto terminó de afeitarme le pedí que me cortara el cabello; aunque cuando entré no era mi intención cortármelo. Mientras lo hacía, el barbero siguió predicándome a Cristo sin pausa, diciéndome que aunque él no era judío, en el pasado había estado tan lejos de Cristo como lo estaba yo en ese momento. Escuché atentamente con creciente interés las palabras que decía, al punto que cuando terminó de cortarme el cabello, dije: —Barbero, ahora lávame el cabello. De hecho, dejé que hiciera todo lo que alguno de su profesión podía hacer por un cliente en una sola visita. Pero, todo llega a su fin y, no disponiendo de más tiempo, finalmente me preparé para retirarme. Pagué mi cuenta, le agradecí al barbero sus comentarios, y dije: —Tengo que tomar el próximo tren. Él, sin embargo, todavía no estaba satisfecho, era una tarde de febrero intensamente fría, y caminar por la calle era peligroso por el hielo en el suelo. Era una caminata de dos minutos desde el hotel hasta la estación, y el amable barbero se ofreció para acompañarme hasta allí. Acepté con gusto su ofrecimiento, y en cuanto salimos a la calle me tomó del brazo para impedir que me resbalara. Habló poco en el trayecto, pero cuando llegamos a la estación, rompió el silencio diciendo: —Señor, no lo conozco y quizá usted no comprenda por qué quise hablarle de un tema que me es tan querido. Cuando entró usted a mi negocio noté por su rostro que es judío. Siguió hablándome del “querido Salvador”, y dijo que sentía que era su deber, cuando tenía contacto con un judío, tratar de presentarle a quien él consideraba su Mejor Amigo, tanto para este mundo como para el venidero. Al volver a mirar su rostro, vi que las lágrimas caían por sus mejillas y que evidentemente estaba profundamente emocionado. Yo no podía entender cómo era que este hombre, un completo extraño para mí, tuviera tanto interés en mi bienestar al punto de derramar lágrimas mientras me hablaba. Le extendí la mano para despedirme. Él la tomó entre las suyas con un leve apretón y, todavía con lágrimas en los ojos me dijo: —Señor, quiero decirle que si usted me da su tarjeta o su nombre, le prometo, palabra de hombre cristiano que durante los próximos tres meses no me iré a dormir sin nombrarlo en mis oraciones. Y ahora, que mi Salvador lo acompañe, lo inquiete y no le dé descanso hasta que usted lo encuentre, hasta que haya encontrado en Él lo que yo encontré, un precioso Salvador y el Mesías que usted busca. Le agradecí su atención y consideración, y después de darle mi tarjeta, dije en un tono algo burlón: —No creo que jamás correré el peligro de ser cristiano. Entonces, él me dio su tarjeta diciendo: —Por favor, envíeme una nota o una carta si Dios contesta mis oraciones por usted. Sonreí con incredulidad y dije: —Por supuesto que sí. No me imaginaba que dentro de las próximas cuarenta y ocho horas, Dios en Su misericordia, contestaría la oración del barbero. Le di la mano con entusiasmo y dije “adiós”. Pero a pesar de mi aparente indiferencia, él me había impresionado profundamente, como lo demuestra lo que sucedió luego. Me senté en el asiento del tren con la firme intención de dormirme. Pero, en el mismo instante que cerré los ojos sentí que me encontraba en dos fuegos. Por un lado, estaba el barbero cristiano de Nueva York y, por el otro, el muchacho de Gettysburg que tocaba el tambor, ambos hablándome de Jesús, justamente del Nombre que yo aborrecía. Me fue imposible conciliar el sueño, tampoco pude librarme de la impresión que me habían causado aquellos dos fieles cristianos, uno de los cuales me había dicho adiós hacía apenas una hora, mientras que el otro hacía casi diez años que había fallecido, por lo que seguí inquieto y perplejo el resto del viaje. *La iglesia* Al llegar a Washington compré un periódico matutino, y una de las primeras cosas que me llamó la atención fue el anuncio de cultos de evangelización en la iglesia del Dr. Rankin, la iglesia más grande de Washington. En cuanto vi el anuncio, una voz interior pareció decirme: ve a esa iglesia. Nunca había estado en una iglesia cristiana mientras se celebraba un servicio religioso, y en otra ocasión hubiera descartado tal pensamiento como procedente del diablo. Era la intención de mi padre, cuando yo era chico, de que llegara a ser un rabino, por lo que le prometí que nunca entraría a ningún lugar donde “Jesús el impostor” fuera adorado como Dios; y que nunca intentaría leer un libro conteniendo Su Nombre. Hasta ese momento había cumplido fielmente mi palabra. Cuando entré en el edificio, que estaba lleno de fieles, uno de los porteros, sin duda, atraído por mi charretera dorada (porque no me había cambiado el uniforme), me guió a la primera fila, justo delante del predicador, un evangelista reconocido tanto en Inglaterra como en Norteamérica. Me fascinaron los hermosos cantos, pero el evangelista apenas había hablado cinco minutos cuando llegué a la conclusión de que alguien le había informado quién era yo, porque parecía señalarme con el dedo. Siguió mirándome y de vez en cuando parecía que me amenazaba con el puño. Pero a pesar de todo eso, me interesaba profundamente lo que decía. Y eso no era todo, porque resonaban aún en mis oídos las palabras de mis dos predicadores anteriores —el barbero cristiano de Nueva York y el muchacho de Gettysburg que tocaba el tambor— enfatizando lo que decía el evangelista. Mentalmente veía con claridad a esos dos queridos amigos repitiendo también sus mensajes. Al ir interesándome más y más en las palabras del predicador, sentí que me brotaban las lágrimas. Esto me sorprendió, y empecé a sentir vergüenza de que yo, un judío ortodoxo, fuera tan infantil como para derramar lágrimas en una iglesia cristiana, las primeras que jamás había vertido en un lugar así. Siendo muy conocido en Washington, tanto por judíos como por gentiles, pensé qué pasaría si en el periódico de Washington apareciera que “el Dr. Rossvally, judío, estaba presente en los cultos de evangelización, a menos de cinco minutos a pie de la sinagoga donde generalmente asiste, y que lo vieron llorando durante el sermón”. No queriendo llamar más la atención (porque allí había rostros que reconocí), decidí no sacar mi pañuelo para secarme las lágrimas; tendrían que secarse solas; pero, bendito sea Dios, no podía detenerlas y seguían cayendo abundantemente. Al rato, el predicador terminó su conferencia, me puse de pie y llegué hasta la puerta, cuando sentí que alguien me agarraba la chaqueta. Volviéndome, vi a una anciana, que luego supe era la Sra. Young, de Washington, una obrera cristiana muy conocida. Dirigiéndose a mí, dijo: —Perdóneme, señor, veo que usted es un oficial del ejército. Lo he estado observando durante todo el culto, y le ruego que no deje esta casa porque creo que usted está convencido de ser pecador. Creo que usted vino aquí para buscar al Salvador, y aún no lo ha encontrado. Le ruego que regrese; quisiera conversar con usted, y si me lo permite, oraré por usted. —Señora, eso es algo que jamás he hecho y que jamás haré, —porque los judíos ortodoxos nunca se arrodillan para orar, excepto dos veces al año: en la Fiesta de las Trompetas y en el día de la Expiación, y aun así no nos arrodillamos como lo hacen los cristianos, sino que nos postramos en el suelo. La Sra. Young me miró tranquilamente en la cara y dijo: —Querido señor, he encontrado un Salvador tan querido, que nos ama y perdona en el Señor Jesús, que creo firmemente en mi corazón que Él puede convertir a un judío aunque esté de pie, y yo me arrodillaré, y oraré pidiendo que eso suceda. Dicho y hecho, se arrodilló y empezó a orar, hablándole a su Salvador de un modo tan sencillo que me desconcertó. Me sentí tan avergonzado de mí mismo al ver a esta querida anciana arrodillada a mi lado orando fervientemente por mí mientras yo me quedaba de pie. Toda mi vida pasada cruzó vívidamente ante mis ojos de tal forma que deseé con todo mi corazón que me tragara la tierra. Cuando ella se levantó, me extendió la mano, y con ternura maternal dijo: —¿Orará usted a Jesús antes de irse a dormir esta noche? —Señora —contesté—, oraré a mi Dios, el Dios de Abraham Isaac y Jacob, pero no a Jesús. —¡Bendito sea! —exclamó—, Su Dios de Abraham, Isaac y Jacob es mi Cristo y su Mesías. —Buenas noches, señora, y muchas gracias por su amabilidad, —dije retirándome de la iglesia. *La conversión* Rumbo a casa, al reflexionar sobre mi reciente extraña experiencia, empecé a decirme a mí mismo ¿por qué será que estos cristianos se interesan tanto por los judíos y gentiles desconocidos para ellos? ¿Será posible que todos estos millones de hombres y mujeres que durante los últimos 1,800 años han vivido y muerto confiando en Cristo, estén equivocados y que un pequeño manojo de judíos, diseminados por todo el mundo tengan razón? ¿Por qué pensaría el muchacho moribundo que tocaba el tambor sólo en lo que él llamaba mi alma inconversa? Y también, ¿por qué el barbero de Nueva York mostró un interés tan profundo en mí? ¿Por qué esta noche el predicador me señaló y apuntó con el dedo, y por qué aquella querida mujer me siguió hasta la puerta y me retuvo? Todo debe ser por el amor que sienten por su Jesús, a quien tanto yo desprecio. Cuanto más lo pensaba, peor me sentía. Por otro lado, alegaba: ¿Cómo puede ser posible que mi padre y mi madre que tanto me amaban, me hayan enseñado algo equivocado? En mi niñez me habían enseñado a odiar a Jesús; había un sólo Dios y no tenía ningún Hijo. Entonces, me sentí embargado por el anhelo de llegar a conocer a ese Jesús a quien los cristianos tanto amaban y adoraban. Empecé a apresurar mi paso, totalmente decidido a que si había alguna verdad en la religión de Jesucristo, yo la iba a encontrar antes de irme a dormir. Cuando llegué a casa, mi esposa (una ortodoxa judía muy estricta) me vio algo inquieto y me preguntó dónde había estado. No me atreví a decirle la verdad, y no le iba a mentir, así que le dije: —Mujer, por favor no me preguntes nada. Tengo un asunto muy importante que atender. Quiero ir a mi estudio y estar solo. Fui inmediatamente a mi estudio, puse llave a la puerta y empecé a orar, de pie con mi rostro hacia el oriente, como siempre lo había hecho. Cuanto más oraba, peor me sentía. No podía entender el sentimiento que me embargaba. Me sentía perplejo con respecto al significado de muchas de las profecías del Antiguo Testamento que me interesaban profundamente. Mis oraciones no me dieron ninguna satisfacción, y entonces se me ocurrió que los cristianos se arrodillaban para orar. ¿Ayudaría eso? Habiendo sido criado como un judío ortodoxo estricto, nunca me habían enseñado a arrodillarme en oración. Me embargó el temor de que si me arrodillaba podía estar en el engaño de doblar mis rodillas ante Jesús, quien, según me habían hecho creer de niño, era un impostor. Aunque la noche era terriblemente fría, y en mi estudio no estaba prendida la chimenea (no se esperaba que yo la usaría esa noche), nunca he sudado tanto en mi vida. Mis filacterias estaban colgadas en la pared de mi estudio, y mi mirada se posó en ellas. Nunca, desde los trece años en adelante, hubo un día en que no las usara, excepto los sábados y los días de fiesta judíos. Estaba muy encariñado con ellas. Las tomé en mis manos, y mientras las miraba me vino a la mente Génesis 49:10: “No será quitado el cetro de Judá, y el legislador de entre sus pies, hasta que venga Shiloh; y a él se congregarán los pueblos”. Otros dos pasajes que había leído y cavilado con frecuencia vinieron vívidamente a mi mente; el primero de estos fue Miqueas 5:2: “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad”. El otro pasaje es la muy conocida predicción en Isaías 7:14: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”. Estos tres pasajes vinieron a mi mente con tanta fuerza que clamé: —Oh Dios de Abraham, y de Isaac y de Jacob, Tú sabes que soy sincero en cuanto a esto. Si Jesucristo es el Hijo de Dios, revélamelo esta noche, y lo aceptaré como mi Mesías. Ni había acabado de orar cuando casi inconscientemente arrojé mis filacterias en un rincón de la habitación y en menos tiempo de lo que lleva contarlo, me encontré de rodillas orando en ese mismo rincón con las filacterias a mi lado. Arrojar las filacterias en el piso como lo había hecho yo, era un acto de blasfemia para un judío. Ahora me hallaba orando de rodillas por primera vez en mi vida, y me sentía muy intranquilo. Dudaba de la sabiduría de lo que estaba haciendo. Nunca olvidaré mi primera oración a Jesús. Oré así: “Oh Señor Jesucristo, si en verdad eres el Hijo de Dios, si eres el Salvador del mundo, si eres el Mesías de los judíos que nosotros los judíos aún esperamos y si puedes convertir a pecadores como afirman los cristianos, puedes convertirme a mí, porque soy un pecador, y prometo servirte todos los días de mi vida”. Pero esta oración mía no llegó a destino. No era difícil saber la razón. Había intentado hacer un trato con Jesús, que si Él hacía lo que yo le pedía, yo, por mi parte, haría entonces lo que le había prometido. Permanecí de rodillas más o menos media hora, en tanto que la transpiración me corría por el rostro. También sentía la frente ardiendo, y apoyé la cabeza contra la pared para refrescarla. Estaba en agonía, pero no convertido. Me levanté y caminé de un lado a otro en mi habitación. Luego pensé que ya me había excedido y juré no volver a ponerme de rodillas. Empecé a razonar: “¿Por qué ponerme de rodillas? ¿Acaso no puede el Dios de Abraham, a quien he amado, servido y adorado todos los días de mi vida, hacer por mí lo que dicen que Jesús hace por los gentiles?” Por supuesto, consideraba el asunto desde el punto de vista judío, y seguí razonando: “¿Por qué tengo que ir al Hijo? ¿Acaso el Padre no está sobre el Hijo?”. Cuanto más razonaba, peor y más perplejo me sentía. En un rincón de la habitación, seguían las filacterias en el suelo, las cuales ejercían una influencia magnética sobre mí. Instintivamente me volví hacia ellas e involuntariamente caí nuevamente de rodillas, pero no podía pronunciar palabra. Me sentía abatido porque tenía un anhelo sincero de conocer a Cristo, si es que era el Mesías. Cambié de posición vez tras vez. Alternadamente me arrodillaba y después caminaba por la habitación. Seguí así desde las nueve cuarenta y cinco hasta la una cincuenta y cinco de la mañana. En ese momento se iluminó mi mente, y empecé a creer en mi alma que Jesucristo era realmente el verdadero Mesías. En cuanto acepté esto, por última vez aquella noche, me arrodillé; esta vez mis dudas se habían disipado, y empecé a alabar a Dios por el gozo y la felicidad que habían penetrado mi alma, y que nunca había sentido. Había encontrado mi verdadero Shiloh, el Soberano de Israel, Emmanuel—“Dios con nosotros”—había creído la información de Isaías con respecto al verdadero Mesías—JESÚS—que fue “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto”, quien fue “herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is. 53:3, 5). Había visto a aquel a quien habían traspasado con una lanza y supe que me había convertido, y que Dios por medio de Cristo había perdonado mis pecados. Ahora sentí que la circuncisión nada valía, tampoco la incircuncisión, sino ser una nueva criatura. Finalmente la oración de Carlos Coulson, el joven tamborilero, fue contestada, y Dios convirtió mi alma a Jesús el Mesías. *********** Falta contar *la secuela de la historia de Carlos Coulson* . Unos dieciocho meses después de mi conversión, asistí una noche a una reunión de oración en la ciudad de Brooklyn. Era una de esas reuniones en que los creyentes testifican de la bondad y el amor de su Salvador. Después de que varios hubieran hablado, una anciana se puso de pie y dijo: —Queridos amigos, quizá esta sea la última vez que tengo el privilegio de testificar de Cristo. El médico me dijo ayer que mi pulmón derecho está prácticamente deteriorado y que el pulmón izquierdo está muy afectado, por lo que, en el mejor de los casos, tengo poco tiempo para estar con ustedes, pero lo que me queda pertenece a Jesús. ¡Oh, qué gozo es saber que encontraré a mi muchacho con Jesús en el cielo! Mi hijo no sólo fue un soldado de su patria, sino de Cristo. Recibió heridas en la batalla de Gettysburg, y cayó en manos de un doctor judío quien le amputó el brazo y la pierna, pero falleció cinco días después de la operación. El capellán del regimiento me escribió una carta y me envió la Biblia de mi hijo. En aquella carta me informaba que mi Carlos, en la hora de su muerte, mandó llamar al doctor judío y le dijo: “Doctor, antes de morir quiero contarle que cinco días atrás, mientras me amputaba el brazo y la pierna, oré pidiendo al Señor Jesucristo que salvara su alma”. Al oír el testimonio de esta dama no pude seguir sentado. Me levanté de mi asiento, crucé la habitación y, tomándola de la mano le dije: —Dios le bendiga, mi querida hermana. La oración de su hijo fue oída y contestada. Yo soy el doctor judío por quien Carlos oró, y su Salvador es ahora mi Salvador. Un fervor celestial inundó toda la reunión ante el emocionante cuadro de un judío y una gentil hechos “uno en Cristo Jesús”. Y vieron Su maravilloso poder en el hecho de utilizar a un muchacho moribundo, que tocaba el tambor, para manifestar el Espíritu de su Señor orando por los enemigos de la cruz; en la maravillosa respuesta a la oración del jovencito, en su lecho de muerte, y en la gloriosa esperanza de reunión de la gran multitud de redimidos que nadie puede contar, de toda raza, y lengua, y pueblo, y nación. Y entre los que por fin fueron salvos Para siempre felizmente bendecidos La madre amada y el médico con el Salvador Se encontraron un día con el niño del tambor 
 Extracto del libro: ‘Charlie Coulson, el muchachito que tocaba el tambor

Cuento: La abuela Queca

Recuerda la Luna que es Luna cuando el lobo le aúlla y cuando el Sol con sus rayos la arrulla. Y sabe el ruiseñor con su voz al príncipe persa encantar o al gato taimado llamar. Recuerda, que igual que la Luna lo que eres se podrá reflejar cuando el bueno te busca y el malo contigo se ofusca. Mas cuida tus virtudes mejor que el ruiseñor pues al exhibirlas puedes llamar la atención de oídos curiosos o del cazador. Así acostumbraba, la abuela Queca, a dejar embobada a la joven Marisa. Recitó el proverbio mientras que sus dedos, arrugados y huesudos, amasaban sin prisa la harina mezclada con aceite de oliva y sal, que pronto se convertiría en la base de una deliciosa pizza. La vieja vecina contaba historias familiares o recitaba poemas populares para la única persona en la Tierra que aún valoraba su compañía. -Marisa, enciéndeme el horno, para que se vaya calentando -rogó la abuela Queca. -Sí, doña Queca -respondió solícita Marisa, y ya de rodillas preguntó-. ¿Es un refrán o una poesía? No entiendo su significado... -No, hija. Es una nana que me cantaba mi abuela, y que a ella le enseñó su yaya. -¿Su yaya? -Su abuela -aclaró doña Queca, que ya aplanaba la masa y le daba la forma rectangular, amoldándola perfectamente a la bandeja del horno. -Cántemela, doña Queca. -Luego te la canto, mi niña. Ahora, ayúdame a cortar fiambre y yo intentaré recordar un ejemplo de Luna y un caso de ruiseñor... A ver si así comprendes mejor la canción. Para Marisa, las tardes con la abuela Queca eran un auténtico placer. Procuraba terminar pronto los deberes del instituto para subir al Tercero C y encontrar a la anciana más sabia y amable del mundo abriendo la puerta con una sonrisa cómplice. "Pasa, pasa, Marisa. Estaba a punto de cocinar un bizcocho", le decía unos días. "¡Entra, Marisa! Hoy quiero enseñarte algo que toda joven, antes de casarse debe saber...", podía ser el saludo. O bien, "¿Has escuchado alguna vez a Antonio Molina?". "No, abuela", respondía Marisa con emoción. "¿No? ¡Eso no puede ser! ¿Y a Carlos Gardel?". "Creo que no, abuela". "¡Pobre chiquilla!", se lamentaba doña Queca, y comenzaba a cantar: "Por una cabeza, de un noble potrillo, que justo en la raya, afloja al llegar...". Cada tarde había algo nuevo que aprender con la abuela Queca. Y entre cosa y cosa, entre hora y hora, historias de sus años mozos, recuerdos de tiempos en blanco y negro (así se los imaginaba Marisa), consejos que no se estudian en la universidad ni suelen llenar la parrilla de la televisión, pero que hacían sentir a la joven discípula como la chica más afortunada del barrio. -Deja de ir donde la vecina, Marisa -la reconvenía su madre-. Te vas a quedar sin amigas y sin novio. Marisa no se molestaba en contestar. Cada día era un tesoro. Cada día era importante. Doña Queca estaba muy mayor. Sus movimientos, expertos y precisos, eran, sin embargo, cada vez más lentos, y acompañados por tosidos y paradas esporádicas para resoplar. Y aquel 29 de febrero era santísimo deber, para Marisa, estar al lado de la abuela Queca. Cumplía ochenta y cuatro años o, como repetía la anciana entre risas, "¡Veintiún años, Marisa! Baja a la tienda y súbeme veinte velas, que yo tengo una en el cajón de los cubiertos... ¡Estoy hecha una lechuga veinteañera!". La abuela Queca preparaba la merienda para su cumpleaños. Dos pizzas, limonada y una tarta deliciosa, que ya se enfriaba en la nevera. De vez en cuando se frotaba las manos nerviosa y asomándose por la ventana canturreaba, "Toda una vida, me estaría contigo, no me importa...". -Pon a Antonio Machín, Marisa. Con música sale la comida mejor, nunca lo olvides. Ese cumpleaños era muy especial para la anciana. No solo por poder celebrarlo el 29 de febrero, sino porque desde que era octogenaria soplaba las velas preguntándose si sería la última vez. En principio debían llegar a eso de las seis de la tarde. Pelayo, el hijo mayor, llamaría por teléfono desde las Américas, a donde había huido a los veintitrés años para su particular conquista de fortuna y amor. Escapaba así de una ingente cantidad de deudas que había acumulado en apenas cinco años. Doña Queca no hablaba mucho de Pelayo, sin embargo, Marisa adivinaba por la sombra del rostro de la madre, al referirse a su primogénito, que no había cosechado ni amor ni familia ni riquezas, más bien todo lo contrario. A las seis debían llegar Federico, el hijo menor, con Dolores, su mujer. De cuando en cuando iban a ver a la abuela Queca, pero en los cumpleaños no faltaban. Ese año, por ser bisiesto, vendrían acompañados por su hija, Susana, y los nietos, Jorge y Elísabet. Alejandro, el esposo de Susana, era viajante y pasaba más días fuera de casa que con su familia. Marisa estaba igual de emocionada que doña Queca. Jorge era un poco mayor que ella y Elísabet de su misma edad. Esperaba que la tarde sería entrañable, divertida y emocionante. Se podría sentir un poco más de la familia y, con suerte, hacerse amiga de los bisnietos de la vieja vecina, que era más cercana para Marisa que su verdadera abuela, la que le quedaba con vida. -Qué extraño, Marisa -susurró la abuela Queca en una nueva visita a la ventana-, ya son las siete menos cuarto y no han llamado. -Habrán encontrado algún atasco en el camino, abuela. No se preocupe -la intentó calmar Marisa. En el viejo radiocasete de la anciana ya sonaba Dos gardenias, aunque la abuela no sentía el efecto hipnótico de Machín. En su faz se dibujaba decepción. Doña Queca fue al comedor a comprobar que el teléfono estaba bien colgado. Se llevó el aparato al oído y escuchó que, efectivamente, daba señal; lo colgó y regresó a la cocina, más arrastrando los pies que andando. Marisa fregaba los últimos cacharros que habían ensuciado preparando la merienda. -Quizás se han confundido de día -reflexionó la anciana, con poca fe en sus propias palabras. -Ya verá como en cualquier momento suena el timbre, doña Queca. Vamos a servirnos un poco de limonada, ¿le parece? -Mejor ponemos agua a calentar, niña... Y tomo una infusión -rogó la abuela, a la vez que se sentaba en el taburete de la cocina y perdía la mirada en los platos de pizzas, que ya estaban fríos a esa hora. Transcurrió lentamente otro cuarto de hora. Eran más de las siete. Doña Queca se levantó con dificultad y pulsó stop en el reproductor, antes de ir al baño. "La casa se ha llenado de tristeza", pensó Marisa. "Voy a subirle el regalo ya... Mejor que al final del día. Esperemos que le levante un poco el ánimo a la abuela". -¡Enseguida vuelvo, doña Queca! -gritó Marisa y dejando el delantal en el poyete corrió a la puerta para bajar a su casa. La abuela Queca no dijo nada. Siguió llorando en silencio, en la soledad del cuarto de baño. Prácticamente al mismo tiempo en el que la anciana salía del pequeño habitáculo, disimulando las señales de haber llorado, Marisa entraba por la puerta con un paquete rectangular, perfectamente envuelto en papel de regalo. -¡Ábralo, doña Queca! ¡Lo he hecho para usted! -¡Ahora mismo, preciosa! Con pulso tembloroso, doña Queca comenzó a desprender el papel satinado, a la par que buscaba el descanso en el cómodo butacón del salón comedor. Su cara se iluminó de alegría y se le escaparon unas lágrimas, esta vez de emoción. -¡Somos tú y yo! -exclamó la anciana- ¡Has hecho el marco como te enseñé! -Sí, abuela. Y esas son fotos que he ido recopilando de estos años, para hacer la composición. -¡Me encanta, Marisa! Ven aquí, dame un beso. Ambas se fundieron en un abrazo y doña Queca recuperó la vitalidad para pedirle a la joven: -¡Pregúntale a tus padres si quieren merendar con nosotras! Y también a alguna amiga del barrio. ¡Diles que tenemos pizzas, tarta y limonada! A ver si se animan a subir. Efectivamente, media hora después la casa de la abuela Queca rebosaba de vecinos; de fondo Conchita Piquer cantaba Cinco Farolas. Alababan el buen sabor de las pizzas, y a todos les pareció exquisita la tarta. A todos menos a doña Queca, a quien aquel ochenta y cuatro cumpleaños le sabía agridulce, aunque había aprendido a disimular su pena y a seguir adelante no importando lo quejumbrosa que por dentro estuviese su alma. Le cantaron cumpleaños feliz. Sopló las velas. Escucharon alguna anécdota inolvidable sobre el peculiar sentido del humor de don Cristóbal, el difunto esposo de la abuela Queca. Marisa ayudaba a su querida maestra a servir café e infusiones a la decena de invitados y de reojo vigilaba el ánimo de la anciana, para asegurarse de que aquello no se le hacía demasiado pesado. A eso de las nueve todos se habían ido y solo quedaban Marisa y la cumpleañera, cuando sonó el timbre de la puerta. Ya había anochecido. Doña Queca descolgó el telefonillo y escuchó a Federico, su hijo, decir un tímido, "Somos Nosotros". Sus ojos se abrieron a más no poder y pulsó el interruptor de apertura del portón de la calle. -Yo ya me voy, abuela Queca -dijo Marisa apresuradamente-. Todo está bien recogido. La dejo con su familia. Doña Queca la miró con ternura y acercándose tomó sus manos. Se quedó callada unos segundos, aunque su expresión lo comunicaba todo: "¡Gracias! Hoy has sido el mejor regalo para esta pobre anciana". Entonces, la abuela Queca dijo algo que hizo a Marisa estremecerse: -Solo hay un sentimiento más fuerte que el dolor; no es el odio, es el amor; pues el odio la herida encona, mas el amor el dolor perdona. Volvió a besar a Marisa y la acompañó hasta la puerta. ---------- A la tarde del siguiente día, Marisa visitó a la abuela Queca a la hora habitual. Cuando la puerta se abrió un olor a limpio y a rosas recibió a la joven, junto a su vieja vecina con su imborrable sonrisa, su pelo blanco, perfectamente peinado, y el sencillo vestido gris que a menudo usaba en casa. En la mesa del recibidor una docena de rosas rojas decoraban la entrada, puestas a remojo en un jarrón de cristal. "A la abuela Queca le hubiese gustado más unas gardenias", se dijo Marisa de forma involuntaria, aunque las rosas eran magníficas. -Me las han regalado mis hijos y nietos -se adelantó a contar doña Queca, señalando a las flores que habían captado la atención de Marisa. -¡Son hermosas! -Sí... Pasa, querida. Tomaremos manzanilla, ¿te apetece? -¡Claro, abuela Queca! -Vamos a la cocina. Ahí estaremos calentitas. El día era especialmente frío y doña Queca andaba más lenta de lo acostumbrado. "La humedad", pensó Marisa. A mitad del pasillo se detuvo y buscó el brazo de la joven. -Pensándolo mejor, vamos al salón, que mi butacón me echa de menos. Hoy he limpiado un poco más de lo normal -se excusó la abuela. -No se preocupe, doña Queca. Usted se sienta, le pongo a Carlos Gardel y, mientras, preparo la infusión. -Gracias, mi niña. Descorre las cortinas, por favor, que aún quedan rayos de sol para nosotras esta tarde. Cuando Marisa calentaba el agua, al son del bolero Volver, sonó el teléfono. Inmediatamente la abuela Queca lo descolgó, ya que el aparato descansaba en una mesita entre el butacón y el sofá del salón. Era Pelayo. Llamaba con un día de retraso, pero, al fin y al cabo, llamaba. Después de disculparse, gastó cinco minutos en felicitar a su madre. Al entrar a la estancia Marisa notó que la sala estaba más iluminada, no solo por la luz natural que se colaba desde la calle, sino, más aún, por la satisfacción de la abuela Queca al hablar con su hijo. -Adiós, hijo mío, adiós. Adiós, mi vida... No tardes tanto en llamarme. Te quiero, hijo, te quiero. Cuídate, por favor... Adiós. -Suspiró y colgó a cámara lenta, como queriendo retener a Pelayo unos segundos más. -¿Era Pelayo, abuela? -dijo Marisa, sirviendo la manzanilla. -Sí -respondió doña Queca-. Ayer no pudo... No pudo... ¡Vaya cumpleaños el de ayer! La abuela Queca explicó a su joven amiga que llegaron tarde por una audición de Jorge, el bisnieto, en el conservatorio. Se habían retrasado, muy al pesar de Federico y Dolores, que metían prisa a Susana en vano. -No pudieron avisarme... Se quedaron sin batería en los teléfonos.... Pero lo pasamos muy bien -seguía relatando la abuela-. Quedaba tarta; volvimos a soplar las velas; repasamos el álbum con mis bisnietos; les mostré las viejas fotos de la familia. Me dijeron que otro día van a volver para que les cuente más... Doña Queca sonrió, mirando hacia la ventana con melancolía. -¡Espera aquí! -pidió repentinamente, tras unos segundos en silencio. Se incorporó y con prisas fue hacia su dormitorio. Pocos minutos después regresó portando un viejo libro. Marisa lo reconoció al instante. Muchas veces había visto a la abuela sumergida en sus letras. Doña Queca se sentó en el butacón, tomó un bolígrafo de la mesita del teléfono y escribió unas palabras en las páginas del principio. Después cerró el libro y se lo entregó a Marisa. -¡Abuela! ¡Tu Biblia! -Te la regalo, cariño. Para que tengas un recuerdo de tu vecina -y tomando a Marisa de la mano añadió-. Te quiero como a una nieta, y siempre deseé regalarle mi Biblia a mi nieta. -Pero, abuela... Yo... -Ya, ya... Ya sé lo que me vas a decir. Tengo nieta y bisnieta. Y las quiero con toda mi fuerza. A ellas les regalaré otras cosas, pero tú estás lista para seguir con mi legado. -¿Tu legado? -inquirió la joven. -El legado de mi fe, Marisa. Toda mi sabiduría procede de ahí, cariño -afirmó posando su índice en el gastado libro. Marisa no supo qué decir. Se sonrojó. Abrazó a doña Queca y se fijó en la ventana, perdiendo su pensamiento en las partículas de polvo que bailaban al trasluz. "La voy a echar de menos", se dijo. "Ojalá yo pudiese ser algún día una abuela sabia como ella". ---------- Tres meses después la abuela Queca falleció. La encontraron descansando para siempre en su querido butacón, con el teléfono descolgado sobre su regazo. A mitad de una conversación con Pelayo, doña Queca partió a la eternidad. El hijo, desde América, alertó a su hermano, Federico, y este corrió a casa de su anciana madre para descubrir el motivo del súbito silencio. Federico cerró los ojos de la abuela Queca, aunque le hubiese gustado no hacerlo y dejarla tal y como la encontró, con ese dulce semblante que parecía el de una niña que acaba de ver a un ángel. Incluso, con los ojos cerrados, en el velatorio, todos los que se acercaban a ver el cuerpo decían lo mismo: "Despide paz"; "Parece feliz"; "No ha sufrido en su muerte". ¡Cómo la lloraron sus bisnietos! Nunca llegaron a terminar de ver los álbumes de fotos con la abuela Queca. Estaban demasiado ocupados. ¡Cómo la lloraron sus hijos! Lamentaron no haberla disfrutado más. El uno por vivir en América y el otro por la personalidad arrolladora de su esposa, que había llegado a absorber la suya. Y Dolores, con Susana, no eran una excepción. Se arrepintieron de haber llegado con tres horas de retraso a ese último cumpleaños. La única que no lloró en aquel día fue Marisa. Estaba triste. Sentía un gran vacío en su corazón y vertió lágrimas en los meses siguientes y en los dos días previos al funeral, los días que pudieron retrasar el entierro hasta que llegara Pelayo. Sin embargo, en esa dolorosa despedida, ella tenía un sostén secreto: el hecho de que acompañó a la abuela Queca en sus últimos años, ofreciéndole amor, honra y ayuda, y recibiendo, en aquella amistad, una herencia de valor incalculable e inagotable. La joven dejó dos gardenias blancas sobre el ataúd y, mientras que depositaban la caja en la sepultura, volvió a leer las palabras escritas por la abuela Queca en su vieja Biblia: "Para mi nieta del corazón, Marisa. Lee esta Biblia, mi niña, y que llegues a ser tan buena amiga de Jesús como lo has sido de esta anciana vecina. Si lo haces, descubrirás la fuente de toda felicidad, sabiduría y bondad". "El Señor es amigo de quienes lo honran, y les da a conocer su alianza" Salmo 25:14. De tu abuela, Queca. Juan Carlos P. Valero.

Cuento: La Reina pobre

Había una vez un rey sabio, rico en extremo, que tenía un reino fuerte y floreciente, y que era respetado por el resto de los reinos de alrededor. Este rey había sido muy feliz con su bella esposa durante quince años. Tres lustros que pasaron tan rápido como la vigilia de la noche y en los que había gobernado con su bien amada esposa para beneficio de todos sus súbditos. Mas este rey sabio fue visitado por el infortunio cuando la reina enfermó y, tras luchar por todos los medios a su alcance contra el mal que poco a poco apagaba a su compañera, finalmente la enterró en el mismo lugar donde le había pedido la mano, bajo un viejo roble, en el centro del bosque contiguo al palacio. Porque este rey sabio se había casado con una cortesana y lo había hecho por amor. Ahora, viudo y triste, solo podía encontrar ilusión para seguir viviendo en su pequeña princesa, la única hija que había engendrado con su amada reino y que era fiel reflejo de la madre, tanto por dentro como por fuera. El rey sabio educó a la princesa con esmero y devoción, preparándola para ser un día la reina de aquel grandioso reino. Pasaron diez años, la joven estaba ya en edad como para ser dada en matrimonio, sin embargo, ningún pretendiente se le antojaba suficientemente bueno a este padre celoso de su unigénita. Otro lustro transcurrió en un abrir y cerrar de ojos. La joven maduró y era la princesa más codiciada de aquella región de la Tierra. Y el rey, por su parte, se marchitó ante la vista preocupada de todos sus consejeros y nobles, quienes sentían cercana la llegada de la muerte y temían por el futuro del reino. “Debe dar sucesión a la corona, Majestad”. “Ha de entregar a la princesa en matrimonio, Excelencia”. “Hay jóvenes bien preparados y que serán un buen esposo, príncipes de otros reinos con los que hacer alianza…”. Estos y otros consejos eran el desayuno, comida y cena del enfermo monarca. Mas él guardaba silencio. Apreciaba tanto a su amada hija que solo quería que ella se casase por amor y no tanto por la codicia del trono que él pronto dejaba vacante. La princesa no se casó a pesar de tener decenas de pretendientes, pues los reyes de las otras dinastías sabían bien que el rey pronto volaría a la eternidad. Ninguno era suficientemente puro, probadamente noble, genuinamente enamorado, como para que el rey viese a su hija ir al altar feliz y segura, y de esta forma descansar en paz. Y así fue como un plan insólito, alocado, enfermo -a juicio de sus consejeros- nació en el corazón del rey. Hizo construir una humilde casa junto al roble en mitad del bosque contiguo al palacio. Allí donde fue enterrada la reina y pronto descansaría también él. Firmó, a su vez, el testamento y lo selló -con todo secreto-, para que fuese leído por la princesa el día de su coronación a reina, es decir, el día en el que ascendiese al trono su hija soltera, al mismo tiempo que él descendía a la sepultura. El rey sabio falleció. En llanto y duelo nacional fue enterrado. También en tristeza y preocupación general la princesa fue coronada reina. El día de la coronación la pobre huérfana procedió a quitar el sello del testamento. El escriba, amigo del rey, subió a una tribuna en la gran sala de coronación del palacio para leer el documento. Todo el reino quedó en silencio y contuvo la respiración. El testamento era corto y sobrecogedor. El escriba lo leyó con voz clara y solemne: “Dejo a mi amada hija dos herencias únicamente. La casa del bosque, cercana a mi sepulcro, donde está el viejo roble bajo el que desposé a su madre. Y le dejo mi cetro y corona, para gobernar sabiamente, como sé que lo hará. Si mi unigénita queda soltera podrá disfrutar de la riqueza de la corona; mas si decidiera casarse renunciará al patrimonio real e irá a vivir al bosque, solo vendrá a palacio a administrar justicia y gobernar, pero no será suyo nada de lo que hoy es el patrimonio del rey, pues se repartirá entre todo el pueblo. Ni ella ni su esposo ni sus descendientes podrán tomar para sí nada de la riqueza conocida del reino”. Todos los presentes abrieron sus ojos -desorbitados- y sus bocas para murmurar: “Se volvió loco, el rey…”. “Pobre reina…”. “Sí, sí… ¡reina y pobre!, lo has dicho bien…”. “¿Qué clase de herencia es esta? ¡Así, nunca se podrá casar la pobre princesa!”. Razón tenían los cortesanos… El contenido del testamento fue la comidilla de todos los palacios, de todos los reinos, de todos los campesinos, de todas las plazas y tabernas del mundo. Apodaron a la princesa con el título bufón de “La Reina Pobre” y de esta forma se la conoció el resto de su vida. Tras el año de luto, impuesto por la tradición, la joven se podría casar, pero ¿casarse con una mujer condenada a ese ridículo patrimonio: la choza del bosque? ¿Qué negocio era aquel, si solo implicaba el pesar y la responsabilidad del gobierno, mas sin fortuna ni palacio ni beneficios? Muchos opinaron que sería para siempre una reina huérfana y soltera. Los pretendientes dejaron de interesarse en la bella joven y hasta los hijos de los nobles, aconsejados por sus padres, pensaban que la reina no era un buen partido. ¿Quién -en su sano juicio- quería reinar en pobreza? ¿Quién cambiaría la comodidad de sus mansiones por una casa austera en el bosque? La única realmente feliz era la reina. A ella, como a su padre, le atormentaba la idea de casarse sin amor, y no tendría problema en reinar sola desde palacio, el resto de su vida, o gobernar desde la cabaña del bosque, casada con un hombre verdaderamente enamorado. Se dio por completo a su trabajo, siguiendo el ejemplo de bondad y equidad de sus padres y sin más preocupación que la felicidad de sus ciudadanos. Pasaron dos años y, así como la muerte había visitado el palacio anteriormente, ahora le llegaba el turno a Cupido. Ni más ni menos que el hijo de la cocinera, con quien la princesa había jugado a las escondidas en su infancia, ahora convertido en cocinero principal del reino, con él nació la amistad y después la pasión. Al principio fueron notas respetuosas: “Espero que la comida esté al gusto de su Majestad”, escribía él. “Le felicito por el magnífico postre”, contestaba ella. “Inspirado en su belleza he creado esta receta”, se atrevió el chef. “Déjeme que lo felicite en persona”, rogó la reina. Y así fue como, poco a poco, se construyó una relación que acabó en boda y que los transportó, paradójicamente, del luto del palacio a la humildad de la casa del bosque. ************************ Sin embargo, este no es el final del cuento, pues a la mañana siguiente, tras la noche de bodas, un correo real llegó a la choza del bosque y despertó a los enamorados. Era el escriba veterano, aquel que había leído el testamento el día de la coronación, quien, con una amplia sonrisa y sin mediar palabra, les entregó una nota y se marchó al galope. Nerviosos; llenos de intriga; abrieron la misiva y descubrieron unas palabras del rey, de su puño y letra, que decían lo siguiente: “Mi amada hija, te saludo desde la eternidad. Si estás aquí, en esta cabaña del bosque, es porque has conocido el amor verdadero y con tu esposo, a quien saludo también, habéis decidido reinar en la pobreza, despojados de toda fortuna y comodidad. “Os felicito. Vuestra decisión, ilógica para muchos, es la más valiente y noble que jamás podréis tomar. Con ella probáis vuestra valía y sincera entrega el uno al otro -sin dejar el compromiso con el cuidado del reino-. “Que todo nuestro patrimonio vaya a ser de los súbditos no os debe doler ya que esta cabaña es más de lo que cualquiera pudiera esperar. Solo mi escriba, mi difunta esposa y yo sabemos que en el sótano de esta humilde casa -a simple vista- se encuentra el pasillo subterráneo que da acceso a la mina de plata más grande de todo el continente. “Y con este regalo bendigo vuestro amor y unión. “Que lo auténtico y sencillo nunca pierda valor en el juicio de vuestro corazón”. Fue de esta forma sorprendente como la reina pobre y el cocinero fiel descubrieron que dormían sobre un océano de plata y que podrían administrar aquella riqueza para el bien del reino y de las futuras generaciones, sin temer a que el tesoro material fuese más importante que el tesoro de su amor. Por cierto, y por extraño que parezca, decidieron vivir muchos años más en la casa del bosque, junto al roble que vigilaba la tumba de los reyes y donde serían enterrados ellos también. FIN. Juan Carlos P. Valero

Cuento: El amigo ignorado

Bernardo y Casilda se casaron muy ilusionados, como deben hacerlo todas las parejas. Si estabas un rato con ellos pronto te percatabas de que eran un par de enamorados. El mejor amigo de Casilda era Bernardo. La mejor amiga de Bernardo era Casi (a Bernardo le gustaba llamarla por el diminutivo). Se conocieron en el trabajo. Fue un flechazo… Pero de esos que no decepcionan cuando lo que imaginas se topa con la realidad. Al contrario, la relación fue creciendo y madurando tan rápidamente, tan intensamente, tan alegremente, que en cuestión de meses lo tuvieron claro: eran el uno para el otro; debían casarse; un amor así es un regalo en tiempos como estos. Y la boda llegó. Y los dos primeros años de convivencia. Y los planes de tener un bebé. Y la emoción de la prueba, que dio positivo. Si era niño lo llamarían Miguel, por el abuelo materno de Casilda, y si era chica la llamarían Ariadna (ese nombre los cautivó un día en el que tomaban café y una madre gritó a su hija, “¡No tan fuerte, Ariadna, que te puedes caer!”, porque la niña se columpiaba demasiado alto). Casilda perdió al bebé a los cuatro meses. Hacía poco que había cumplido veintiséis. Fue un duro golpe para la joven pareja. Bernardo lo encajó mejor, por sus treinta y dos años, pensaron Jorge e Inés, los padres de Bernardo. Susana, que conocía más que nadie en el mundo a Casilda, su hija, se preocupó. Ella había estado al lado de Casi en sus dichas y desdichas. La había ayudado a superar los baches del camino: aquel año perdido en la universidad, por depresión; cuando rompió con su primer novio y Casilda adelgazó hasta parecer un esqueleto; o la noticia de su divorcio. Aunque Casi nunca estuvo muy unida a su padre, sin embargo, el divorcio de Susana le afectó más a Casilda que a su misma madre. Susana se alegró de que no hubiesen tenido más hijos, Casi contaba por dos. Los temores de Susana estaban bien fundados. El aborto, aunque había sido natural e involuntario, llenó a la joven de culpabilidad y Casilda llegó a maldecir su trabajo. Creyó que por mover peso y por estar muchas horas de pie acabó perdiendo al bebé. Desde entonces la casa de Bernardo y Casilda está irreconocible. Ya no hay risas. No suena música. Nadie los visita. Apenas hacen el amor. Casilda está de baja y Bernardo sigue en su puesto, en el supermercado. A él le gustaría no ir al trabajo y ayudar a su esposa a salir de su tristeza, pero no es razonable. Con uno de los sueldos en peligro es suficiente. Susana tampoco logra levantar el ánimo de su hija. De hecho, Casilda no quiere visitas. Ya han pasado dos meses y Casilda nunca llora. Ha dejado de hacerlo, al menos delante de Bernardo. ……………………… Un día, Bernardo se despierta temprano y prepara el desayuno. Es sábado. La invitará a pasear. El tiempo es ideal para andar un rato. Casilda se despierta ojerosa. Ha dormido mal. -Buenos días -dice Bernardo. Casilda lo mira triste, se sienta, desayuna. Bernardo le habla; le habla y ella mira a la taza de café con leche. No contesta. Bernardo le cuenta cómo va por el supermercado. Le dice: -El día está precioso, cariño. Le pregunta: -¿Quieres que vayamos a ver a tu madre? ¿O a dar un paseo? Casilda se levanta, con paso pesado, con hombros caídos, recoge su taza, su plato, su servilleta… Los deja en el fregadero. Se acuesta en el sillón, hecha un ovillo. Bernardo se levanta de la mesa y da paseos nerviosos en el salón. Un par de lágrimas luchan por salir, pero el joven esposo no lo permite. “Lo importante no es lo que yo siento”, se dice. “Lo importante es Casi. Es ayudarla…”. Se arrodilla a su lado y le toma la mano. La besa. -Casilda -le dice-, estoy aquí, nena. Siempre voy a estar aquí. Tenemos que superarlo, cariño -le dice. Casilda, con la mirada perdida y la cara de un derrotado, se da la vuelta sin decir nada. Así permanece hasta la hora de la comida. Mientras, Bernardo ha hecho lo que ha podido en la casa. Que si limpiando, primero. Cocinando, después. Llamando a sus padres por teléfono. Dejando sonar un poco de música… Así ha pasado la mañana. Tiene el corazón en un puño y, aunque está con su amiga, comienza a sentirse solo. Come solo. Casilda se ha ido a la cama. Recoge la mesa solo. Y ve una película en la tarde echando de vez en cuando un viaje a la habitación. Casilda está recogida, en postura fetal, en el oscuro cuarto y cuando su marido le habla, le pregunta, le ofrece té, ella calla, lo ignora, lo oye de lejos, distante, muy lejos… Ahora, en su mundo, todo transcurre a cámara lenta y solo hay lugar para ella y su pena. Bernardo se acuesta. Ya no habla con Casilda. “Mañana domingo”, piensa. “Mañana seguro que será mejor…”. Y con mucho esfuerzo se logra dormir. …………………….. El domingo no fue mejor. Fue igual. Quizás peor, ya que Casi estuvo un poco más activa, regando las plantas, lavando los platos del desayuno, comiendo con Bernardo; pero con la mirada fantasma; esa mirada que le hiela la sangre a él, porque no le contesta ni le hace caso cuando habla. Y, por primera vez, Bernardo sospecha que a su esposa le ocurre algo peor que una depresión, algo que puede ser más profundo: algún mal de la mente (“… tendrá que verla un doctor”, piensa él) o un mal del corazón (“… ¿desamor?”). A la noche Bernardo se lo pregunta: -Casilda, ¿me amas? ¿Me sigues queriendo, nena? ¿Es eso lo que te pasa… que ya no me quieres? Casilda no dice nada. Sigue callada, cierra los ojos lentamente, se da la vuelta hacia su lado de la cama y respira profundo. Bernardo espera un poco; a ver si hay alguna confesión, alguna lágrima, algo… Pero nada. Casilda permanece quieta y Bernardo la abraza, más preocupado, si cabe. Ella se deja abrazar. Él piensa: “Por lo menos no me aparta de un codazo”. Y aferrado a esa pobre esperanza se acaba durmiendo. ……………………………… Toda la semana siguiente es igual. Como vivir despierto con una mujer que muere en un sueño. Bernardo lo intenta el lunes, el martes, el miércoles. Pero el jueves ya no lo intenta. Se siente el amigo ignorado. “Como ella no quiere ir a un psiquiatra, iré yo”, se dice el viernes. “Sí. El lunes busco uno”. Pero el sábado sucede algo terriblemente bueno… Alegremente malo. ……………………………. Casilda se levanta de la cama ante que Bernardo. Prepara el desayuno; lo deja listo; se ducha; despierta a Bernardo con besos; hacen el amor; desayunan. Habla con tristeza, pero habla. Luego salen. Van a ver a Susana. Comen fuera. -Vamos a casa -dice Bernardo. -No. Quiero ver a tus padres… Quiero ver a nuestros amigos… ¿Quizás esta noche? ¿Cenamos con ellos? De manera que van a casa de Jorge e Inés, los padres de Bernardo. Luego quedan con sus amigos. Cenan con ellos. Están muy contentos por ver a Casilda de nuevo. Ya en casa, Bernardo quiere hablar de los silencios de Casi, de la depresión, de ir a un psicólogo, si ella piensa que lo necesita… Casilda prefiere no hablar del aborto. Vuelven a hacer el amor. Bernardo se duerme y Casilda lee una novela hasta que amanece. Es entonces cuando cae rendida, vencida por el sueño. ……………………………… El martes por la tarde Bernardo acude a la consulta de la psiquiatra, Concepción Núñez. Ha pedido permiso en el trabajo y le han dejado salir temprano. No quiere que Casilda sepa de su visita al psiquiatra. Le resume todo el problema a doña Concepción. -Doctora -dice Bernardo-, es así como se lo estoy contando… Si ella no está loca me está volviendo loco a mí. -Entonces -pregunta la psiquiatra-, el domingo se despertaría tarde… -A las dos, doctora. -¿No quiso comer? -No. -¿Volvió a estar callada? -Igual que la semana pasada… Yo tenía la esperanza de que lo malo ya había acabado. Que mejoraría. Pero el domingo me ignoró… Simplemente no habla. Está en su mundo… Muy triste. Ella no es así… No era así -rectifica Bernardo-, hasta antes del aborto. Algún que otro bajón… como todos, pero… -¿Y el lunes? -lo interrumpe Concepción. -Bueno. Pedí cita en la mañana, porque -duda al decirlo- estoy un poco asustado… -se corrige- preocupado… ¿Me entiende? -Claro -asiente la psiquiatra. -El lunes, igual que el domingo. Es como vivir solos. Es… como no tenerla cerca, aunque estamos cerca. -¿Y dice que no tiene buena disposición a venir? -quiere confirmar doña Concepción. -No, doctora. El sábado, cuando sí hablaba -dice Bernardo con tristeza- me dejó ver que no quiere enfrentar lo del aborto. La doctora entrelaza los dedos, se retira unos centímetros de la mesa y con movimientos pausados de cabeza, ahora de arriba abajo, después de izquierda a derecha, se lamenta: -Usted me está describiendo perfectamente un trastorno afectivo bipolar, de ciclo rápido. -¿Bipolar? -pregunta Bernardo, repitiendo lo único que ha entendido del diagnóstico. -Sí… -confirma la psiquiatra, Concepción Núñez- Parece que el aborto ha desencadenado en Casilda un trastorno afectivo bipolar. Su estado de ánimo cambia de la depresión a la manía, es decir, a la euforia… Tendrán que buscar ayuda de un especialista. Conmigo o en lo público… Como prefieran. Bernardo llena los pulmones y cierra con fuerza los ojos, queriendo con este gesto ver más claramente lo que las palabras “trastorno afectivo bipolar” implican. Doña Concepción, acostumbrada a momentos como este, intenta compensar el diagnóstico con algo de luz al final del túnel. -Bernardo, no va a ser fácil, es cierto. Pero sois jóvenes y tenéis lo más importante para enfrentar esto. Bernardo abre los ojos y con sed de soluciones le da toda su atención a la doctora. Ella prosigue. -Tú la tienes a ella y ella te tiene a ti. Os amáis; y con ayuda vais a aprender a llevarlo… e incluso a superarlo. ……………………………………….. Fueron muchos los días en los que Bernardo se sintió el amigo ignorado. Fue muy doloroso convivir con la mujer que amaba, mientras que ella recorría un laberinto en solitario, sin lograr encontrar la salida. Una verdadera prueba para su relación, el pasar de los episodios de euforia a los de tristeza y silencio; ahora existiendo para Casilda; después, simplemente, sin poder entrar en el mundo oscuro y asfixiante de su esposa. Me gustaría contar que pronto, aquella lucha, terminó. Pero no es cierto. Fue duro. Necesitaron ayuda. Supuso un penar de cuatro años, dejando atrás lágrimas, días malos y unos pocos buenos, hasta volver a encontrar la estabilidad; una felicidad frágil. A pesar de todo, finalmente, Bernardo y Casilda lo volvieron a intentar. Casilda quiso volver a ser madre; sin duda, porque se sintió con fuerzas para amarse y amar a los demás, especialmente a su esposo. Y Bernardo luchó por Casilda y por un futuro unidos, disfrutándose, en el que ninguno de los dos sería más un amigo ignorado. FIN. Juan Carlos Parra .................................. Aquí tienes este cuento en texto y en audio; además la aplicación que le dimos, basado en Santiago 4:8: Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. ¿Sabes que nosotros también podemos ser bipolares en nuestra amistad con el Espíritu Santo y que Él, paradójicamente, se convierta en el amigo ignorado? Juan Carlos P. Valero

Cuento: Donde está el amor está Dios (Tolstoy)

Lev Nikoláievich Tolstói (en ruso, Лев Николаевич Толстой, pronunciado /lʲɛf nʲɪkɐˈlaɪvʲɪtɕ tɐlˈstoj/, Acerca de este sonido escuchar ,nota 1​ también conocido en español como León Tolstói; Yásnaia Poliana, Tula, Rusia; 28 de agostojul./ 9 de septiembre de 1828greg.- Astápovo, en la actualidad Lev Tolstói, provincia de Lípetsk, 7 de noviembrejul./ 20 de noviembre de 1910greg.), fue un novelista ruso, considerado uno de los escritores más importantes de la literatura mundial.1​ Sus dos obras más famosas, Guerra y paz y Ana Karénina, están consideradas como la cúspide del realismo ruso, junto a obras de Fiódor Dostoyevski.2​ Recibió múltiples nominaciones para el Premio Nobel de Literatura todos los años de 1902 a 1906 y nominaciones para el Premio Nobel de la Paz en 1901, 1902 y 1910; el hecho de que nunca ganó es una gran controversia del premio Nobel.3​4​5​6​ Nacido en una familia aristocrática rusa en 1828,7​ es mundialmente conocido por las novelas Guerra y paz (1869) y Anna Karénina (1877),8​ a menudo citadas como pináculos de ficción realista.7​ Primero alcanzó el éxito literario en su juventud con su trilogía semiautobiográfica, Infancia, Adolescencia y Juventud (1852-1856), y Relatos de Sebastopol (1855), basada en sus experiencias en la Guerra de Crimea. La ficción de Tolstói incluye docenas de cuentos y varias novelas como La muerte de Iván Ilich (1886), Felicidad conyugal (1859) y Hadji Murat (1912). También escribió obras de teatro y numerosos ensayos filosóficos. En la década de 1870, Tolstói experimentó una profunda crisis moral, seguida de lo que consideraba un despertar espiritual igualmente profundo, como se describe en su obra de no ficción Una confesión (1882). Su interpretación literal de las enseñanzas éticas de Jesús, centrada en el Sermón del Monte, lo convirtió en un ferviente anarquista cristiano y pacifista.7​ Sus ideas sobre la «no violencia activa», expresadas en libros como El reino de Dios está en vosotros, tuvieron un profundo impacto en grandes personajes como Gandhi9​ y Martin Luther King.10​ Tolstói también se convirtió en un defensor dedicado del georgismo, la filosofía económica de Henry George, que incorporó a sus escritos, particularmente en Resurrección (1899).

Cuento: De la siesta a la guerra

¿Cómo iba a imaginar él que aquel día sería tan importante en su vida? Para Angus Quim era simplemente un viernes cualquiera. Si bien es cierto que su ejército estaba en alerta desde que Tensilia, la nación vecina, les declarara la guerra. Sin embargo, habían pasado ya muchos años y lo más duro del combate se libraba en la frontera. Allí, en las caballerizas reales, era eso, un viernes cualquiera.La familia Quim presumía de una larga tradición militar. Sus hombres, con salud de roble, habían servido al rey de Verseña por muchas generaciones. Sus azañas se narraban en las cenas anuales: celebraciones que reunían a padres e hijos, tíos y abuelos, primos y yernos del clan de los Quim. Así perpetuaban la vocación marcial y el compromiso con la corona. Pero, para Angus, la espada o el mosquetón eran verdaderos problemas. No se le había dado bien combatir a pesar de haber hecho la carrera militar, como todos los de su casa. Lo suyo eran los caballos. Los amaba, los entendía, los montaba como nadie y los domaba como nadie. Por esas dotes innatas había acabado como soldado de la Guardia Real, en las caballerizas de la capital del reino, Lisín. Su integridad, ingenio y maestría en el trato, tanto de las personas como de los caballos, le convirtieron, con el paso del tiempo, en capitán jefe. A sus 63 años y próximo al retiro ¿quién podía reprocharle una siesta? Además tenía a sus más de 200 caballos atendidos, sus soldados debidamente apostados, y el corcel real, que él mismo cuidaba, cepillado y listo, por si su majestad, el gran Bonifacio, lo requería. Angus sabía que aquella costumbre de sestear no era propia de un soldado, y más en aquel tiempo de máxima alerta. Los combates se habían intensificado últimamente. El enemigo era más cruel que nunca y, aunque el ejército verseño hacía gala de su superioridad, las noticias que llegaban de la frontera con Tensilia eran pésimas: más bajas de compatriotas que en cualquier otra época. Pero allí, en las caballerizas reales, era simplemente viernes. Al despertar de su siesta, Angus montaría a Meñique, el menor de una estirpe de cinco caballos, blancos como la nieve y bravos en la batalla. Así quedaría revisado de cara al gran desfile del sábado. El rey luciría imponente sobre Meñique y exhibiría su fuerza al galope, para elevar la moral de su pueblo y ejército. Angus Quim había tolerado una incómoda panza, quizás por el poco ejercicio o por su afición a la mesa y la siesta. Pero ¿para qué vencerla si pronto cedería el puesto al teniente Blasco? Lo cierto es que le molestaba a la carrera, con el vaivén de Meñique, pero no sería un gran inconveniente cuando cuidara su casa y sus tierras, a las afueras de Lisín. La verde pradera, su porche y sus manzanos, los atardeceres en la mecedora junto a su amada Mariela... esa era toda su pasión y el sueño que perseguía en el ocaso de su vida. Pero aquel aciago viernes no despertó de la siesta como siempre: por la campana de la iglesia. Fueron las trompetas de alerta y los gritos de Blasco los que lo hicieron caer del catre: - ¡Mi capitán! ¡Dios mío! ¡Ha sucedido algo terrible! - ¿Qué ocurre teniente? ¡Informe rediez! - ¡Ha desaparecido Meñique, señor! No encontramos ni huellas. A pesar de que salieron soldados en su búsqueda, que peinaron la capital y los campos, Meñique no apareció. El rey tuvo que ser informado. Al día siguiente se dio una excusa al pueblo y se suspendió el desfile. Y para mayor vergüenza, el sábado próximo, Dulaimán, rey de Tensilia se paseó por la línea de batalla a lomos de Meñique, el inconfundible corcel de Bonifacio. Las malas nuevas volaron por toda Verseña y ensombrecieron el ánimo de pequeños y grandes. Se llevaron a cabo las pertinentes investigaciones y al rey se le esclareció el problema: a pesar de estar en alerta máxima, el capitán jefe de su Guardia Real de Caballerizas dormía la siesta. Llamaron a Angus Quim para consejo de guerra y el deprimido capitán reconoció los cargos en su contra. Era viernes, justo dos semanas después del robo. El rey dio la sentencia: - Por tus méritos acumulados y el apellido que portas se te concede el retiro adelantado. Pero en silencio, sin honores ni celebraciones. Una vez más el gran Bonifacio hacía gala de su conocida misericordia. Pero Angus pidió la palabra y rogó con voz quebrada: - Majestad, no solo me arrepiento y veo claramente las consecuencias de mi miserable descuido. Le suplico que me permita, aunque sea imposible lo que deseo hacer, reparar mi daño. ¡Envíeme al frente! - Pero capitán -interpeló el monarca con expresión de lástima-, nunca se te dio bien la guerra y... me temo, a juzgar por tu aspecto, que no estás en tu mejor momento. - Es cierto mi rey -reconoció Angus y bajó su cabeza avergonzado-, pero al menos podré, como hacía en mis inicios, cuidar los caballos de primera línea. - ¿Sabes que te juegas la vida? ¿Qué te estoy ofreciendo tu retiro y acabar tus días con la familia? - Soy consciente de ello, majestad. Mas en esta última semana, dentro de mi desesperación, busqué consuelo en un Gran Libro, y leí de una reina quien, como yo, pensó que el mal no le alcanzaría por estar en palacio; pero gracias a un primo suyo entendió que ella también estaba en guerra y, por fin, declaró: "si perezco, que perezca". Déjeme, buen Bonifacio, hacer mi parte por el reino. ¡No podría convivir con la culpa y la vergüenza si me manda al retiro! - Me has convencido Angus. Que Dios te guarde en el frente. La batalla se ha recrudecido. No es en nada parecida a lo que antes viviste. Allí, amigo mío, no hay lugar para siestas. Con estas palabras concluyó el juicio militar. Y el pobre guardián de caballerizas fue enviado a la frontera entre Verseña y Tensilia. En pocos meses Angus Quim rebajó cintura. La comida racionada, la intensidad del combate, las demandas de su puesto y su conciencia atribulada se encargaron fácilmente de ponerle en buena forma. Sin embargo, el capitán, venido a menos, convertido en cabo responsable de los caballos de la avanzadilla, sentía que su contribución era mínima en comparación con el mal que había ocasionado. Así que pidió al Cielo cada noche alguna oportunidad de hacer más por su nación de lo que hasta ese momento había hecho. Y un domingo, como un domingo cualquiera, soñó con caballos de hierro que rompían la vanguardia de los tensilianos. Al despertar encendió una vela y dibujó lo que había visto. ¿Sería esa la respuesta divina? Pensándolo bien era cierto: numerosos combates se perdían por la fiereza de la primera línea enemiga. Lanceaban el pecho de los equinos, asaeteaban sus cabezas o cortaban sus patas a filo de espada, resistiendo así el envite de los caballos. Pero ¿qué tal si los corceles llevaran armadura? Serían más lentos aunque más seguros. ¿Y si cambiasen la raza de los rocines, perdiendo agilidad mas ganando potencia? Sus ideas y diseños fueron ascendiendo de escalafón a escalafón en el ejército verseño, hasta llegar al mismísimo rey. Bonifacio mandó llamar a Angus y le interrogó: - ¿Crees realmente que estos metales a modo de armadura nos darían ventaja? - No solo lo creo, se lo aseguro majestad. Si combinamos el caballo adecuado, con el metal fuerte y ligero, y adaptamos su forma para no herir al corcel, nuestras ofensivas serán imparables. - ¿Y qué sugieres Angus? - Que sin perder tiempo seleccionemos caballos potentes y abramos una fábrica de armaduras. Los tensilianos se hacen cada vez más fuertes y nos están ganando terreno. Quizás esto decida por fin la guerra. - ¿Y quién mejor que tú, Angus Quim, para encabezar este proyecto? Veo que el frente le ha sentado muy bien a tu cuerpo, y más aún a tu ingenio. - No soy digno, mi rey. Aún cargo mi afrenta. - Por eso mismo qurerido capitán. Aprovecha esta oportunidad y sirve a tu pueblo. Yo también soy aficionado a ese Gran Libro que me mencionaste; y sé de una reina a quien se le dijo: "¿Quién sabe si para esta hora no has llegado tú al reino?". Angus Quim salió con lágrimas de la presencia del rey, recuperando su rango y con la posibilidad de servir a su nación y restaurar su honor. Desde ese momento puso su mejor empeño para formar las armaduras con la aleación exacta y anatómica. Dirigió la selección y el entrenamiento de los caballos. Vigiló la producción de la fábrica, pues cada semana los animales caían en el frente y corazas nuevas vestían a nuevos rocines. Y precisamente un domingo... Un domingo cualquiera. Un año después de iniciar el proyecto. Mientras paseaba por la fábrica desierta y revisaba los moldes, las herramientas y los hornos. Pues, a sus 65 años, el veterano capitán no sabía ya dejar su puesto ni en domingos. Angus oyó un ruido misterioso. Algo que no debía escuchar allí. Un ruido que le era familiar y que transportó sus recuerdos a las trincheras, y a los días grises de plomo y pólvora, y a las escaramuzas en el frente. Aquel ruido le hizo reaccionar y correr. No correr hacia la puerta sino hacia el silbido, con la esperanza de apagar la mecha antes de tocar la pólvora. Angus Quim se movió hasta ver cómo, al final de un largo pasillo, la brillante luz galopaba hacia su destino. Con todas sus fuerzas corrió hasta el final del pasillo y dobló a su derecha siguiendo la mecha. Allí, en una esquina, un gran cargamento de pólvora y metralla esperaba a la chispa. Sus desesperadas zancadas no fueron lo suficientemente rápidas como para devorar el trecho que le separaba de la explosión. La fábrica explotó. Y el noble capitán, jefe de la Guardia Real de Caballerizas, voló. Voló con la fábrica. Y voló hasta su casa: su mansión celestial, con mejores vistas que las de verdes praderas a las afueras de Lisín. Dulaimán, quien medía más cerca que nunca su derrota, mandó destruir la fábrica con la esperanza de recuperar ventaja en el cuerpo a cuerpo, allá en la frontera. Y de esta manera hizo que Angus Quim muriera como héroe de guerra, con su honor reparado; y que muchos soldados, siguiendo su ejemplo, cobraran ánimo y redoblaran su esfuerzo. Al fin ganaron la guerra y se restableció la paz de Verseña. Todos comprendieron que fallar es humano; el perdón es divino, y gloria del rey; mas el arrepentimiento y la entrega al deber dan casi siempre oportunidades de restauración. El rey Bonifacio despidió a su buen capitán con todos los honores, e hizo que en su lápida grabaran el siguiente epitafio: El pueblo de Verseña, por siempre agradecidos, al capitán jefe de la Guardia Real de Caballerizas, Angus Quim. El hombre que venció la siesta y se convirtió en un héroe de guerra. Basado en Ester 4:13-14: "No pienses que estando en el palacio del rey solo tú escaparás entre todos los judíos. Porque si permaneces callada en este tiempo, alivio y liberación vendrán de otro lugar... pero... ¿quién sabe si para una ocasión como ésta tú habrás llegado a ser reina?". Juan Carlos P. Valero

Cuento: ¿No os importa?

December 25, 2021

Cuento: ¿No os importa? En esta semana he querido compartir una adaptación que he hecho de un cuento, Sacrificio de amor, que nos recuerda por qué debemos adorar a Jesús y darle gracias. Yo lo he titulado, ¿No os importa? Al terminar de leerlo entenderás la trascendencia de esta pregunta. Cuento: ¿No os importa? La jornada de trabajo había terminado. De vuelta a casa, escuchó por la radio que una terrible epidemia había empezado a desarrollarse en un pueblo de la India. No le dio mucha importancia. Sin embargo, en pocos días leyó en los periódicos que millones de personas fallecieron, y el mal ya se estaba extendiendo por países vecinos, como Pakistán, Afganistán e Irán. Personal de la OMS viajó de inmediato a la India para investigar la epidemia, que ya era conocida como la "influencia misteriosa". Pronto, ante los informes demoledores de los expertos, los países europeos decidieron cerrar sus fronteras y cancelar todos los vuelos con destino a Pakistán, India u otro país donde la enfermedad hubiera brotado. Fue demasiado tarde. Las noticias informaron de que una mujer había fallecido por el virus en un hospital francés. Dos meses después, la incurable enfermedad arrasó casi toda Europa y empezó a ocasionar estragos en Estados Unidos, país que de inmediato cerró sus fronteras y canceló todos los vuelos internacionales. El mundo entero entró en pánico y el virus rápidamente invadió el planeta. Era una gravísima pandemia. Al pasar el año todos los seres humanos se habían contagiado, aunque, por alguna razón que no se sabía explicar, unos morían en pocas horas y otros lentamente. En su barrio, los vecinos también estaban angustiados porque, antes o después, iban a morir, ya que el contagio no distinguía sexo, raza o edad. Organizaron cadenas de oración en iglesias de todo el mundo y de todas las religiones. Rogaban al Cielo que los científicos encontraran el antídoto. Pero nada, a pesar de trabajar sin descanso, todo el esfuerzo era en vano. Finalmente, un grupo de expertos logró descubrir puntos débiles en el código ADN del virus, lo que era el primer paso para preparar la cura. Además, se requería la sangre de alguna persona que se mostrase inmune a la rara enfermedad, a pesar de estar contagiada, por lo que se pidió a todos los ciudadanos del planeta que, poco a poco, según el orden que marcaban las autoridades, se dirigieran a los centros sanitarios para hacerles un examen de sangre. Él también fue al hospital con su familia, de los primeros de su ciudad, y preguntándose si lo que estaba pasando no sería realmente el fin del mundo. Tras sacarles sangre y esperar un par de horas la puerta de la sala se abrió y un médico salió gritando el nombre que estaba leyendo en su cuaderno. Él solo pudo responder: “¿Qué?”. El doctor volvió a gritar el mismo nombre. El más pequeño de sus hijos, que estaba a su lado, agarró a su padre por la chaqueta y exclamó: “¡Papá, ese es mi nombre!”. Antes de que tuviera tiempo para reaccionar, las enfermeras, con su esposa, estaban llevando a su hijo hacia adentro. Mientras, el facultativo le explicaba que la sangre del niño era limpia: “Sangre pura. El virus no afecta a su hijo. No obstante, queremos comprobarlo mejor”. Pasaron cincuenta largos minutos y los doctores salieron nuevamente. Uno de ellos, el que parecía mayor, se acercó y le agradeció la espera. Efectivamente, la sangre de su niño estaba limpia: “Es el único ser humano encontrado hasta la fecha que no está afectado. Por lo tanto, su sangre es perfecta para elaborar el antídoto y erradicar la influencia misteriosa”. Sin embargo, al doctor se le ensombreció el rostro cuando le pidió a él y a su esposa la firma para autorizar que se utilizara la sangre del pequeño. Al leer el documento, se dieron cuenta de que había un elevado riesgo de que su hijo falleciese por la donación. Levantaron los ojos y le preguntaron al doctor que cuanta sangre iba a necesitar. La voz del profesional se apagó aún más y contestó: “No pensábamos que sería un niño… Son pruebas muy complejas, así que la necesitaremos casi toda”. No lo podían creer. Él trató de contestar: "Pero... Pero...". El doctor insistió: “Usted no lo alcanza a comprender... Estamos hablando de todo el mundo… Su hijo es la salvación de todo el mundo. Por favor, piénselo un par de horas más, si lo necesitan, pero a cada minuto que pasa se acumulan los cadáveres por cientos". En silencio, y sin poder sentir los dedos que sostenían la pluma, firmaron. Entonces, preguntaron si podían pasar un momento para estar con su niño antes de que comenzara la operación. Caminaron hacia el quirófano, donde su hijo estaba sentado en la cama. El pequeño preguntó qué estaba pasando. Tomaron su mano y le dijeron que papá y mamá lo amaban más que a nada y que no se preocupase; que todo iba a salir bien. A pesar de que, realmente, existía una alta probabilidad de que no aceptase la transfusión de nueva sangre: por ser tan pequeño y, además, por tener que recibir una sangre que estaba contaminada con el maldito virus. El doctor regresó y les dijo que era hora de empezar ya que gente en todo lugar estaba muriendo, también en ese mismo hospital. Se alejaron, dándole la espalda a su hijo, mientras el niño susurraba: “Papá, Mamá... Volved pronto…”. El antídoto fue preparado con la sangre del pequeño. La Humanidad podría salvarse milagrosamente. Y la noticia no tardó en recorrer toda la Tierra. En muchas calles, casas, comercios o centros hospitalarios hubo personas que celebraron el hallazgo de la cura. Pero, después de dos días en cuidados intensivos, inconsciente, el niño falleció. A la semana siguiente, durante la ceremonia para honrar a su hijo, él observó que habían llegado solo un centenar de personas a estar con ellos; muchos otros prefirieron quedarse descansando, pues el funeral cayó en domingo por la mañana; otros escogieron ir de pesca o ver un partido de fútbol; y entre los que llegaron, hubo alguno que fingió que aquello le importaba, aunque en el fondo estaba simplemente cumpliendo. Entonces, él quiso levantarse y gritar: “¡Mi hijo murió por todos vosotros! ¿Es qué no os importa?”. Tal vez, eso es lo que Dios, el Padre, querría gritar también al mundo: “Mi hijo murió por todos. ¿No os importa? ¿No os dais cuenta de cuánto os amo?”. “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”. 1 Juan 4:9-10.

Cuento: El regalo de los Reyes Magos (O. Henry)

William Sydney Porter, conocido como O. Henry, (11 de septiembre de 1862, Greensboro, Carolina del Norte, Estados Unidos-5 de junio de 1910, Nueva York, Estados Unidos), fue un escritor estadounidense. Es considerado uno de los maestros del cuento. Su admirable tratamiento de los finales narrativos sorpresivos popularizó en lengua inglesa la expresión «un final a lo O. Henry» (an O. Henry ending).[1] Nació en Greensboro, Carolina del Norte. Su padre, Algernon Sidney Porter, era médico. Cuando Henry tenía tres años, su madre murió de tuberculosis y él y su padre se trasladaron a la casa de la abuela paterna. Henry era un gran lector y alumno estudioso que se graduó en la escuela elemental en 1876. Más tarde se matriculó en el Instituto Calle Linsey. En 1879 empezó a trabajar como contable en la farmacia de un tío suyo y en 1881, a los 19 años, obtuvo el título de farmacéutico. La juventud del escritor fue tormentosa. Se trasladó al condado de LaSalle, Texas en 1882, trabajando en un rancho de ovejas. Posteriormente, en 1884, se trasladó a la ciudad de Austin, donde residió en casa de un amigo durante tres años. Uno de los habitantes de esa vivienda era un gato llamado Henry, y de la expresión «¡Oh, Henry!» surgió el seudónimo que inmortalizó al narrador. Es en esta época cuando comienzan sus problemas con el abuso en el consumo de alcohol; también es cuando aprende a dominar el idioma español. En 1887, se fugó con la joven Athol Estes, hija de una familia adinerada. En 1888, Athol dio a luz a un niño que murió. En 1889 nació una nueva hija: Margaret. En 1894, Porter fundó un semanario humorístico llamado The Rolling Stone. En ese mismo año sería despedido de un banco de Austin por malversador. Al venirse abajo The Rolling Stone, el escritor se mudó a Houston, donde fue periodista en el Houston Post. En Austin, O. Henry desempeñó diversos oficios, entre ellos trazador de planos en la General Land Office y desde 1891, como cajero del First National Bank, en donde se produciría el suceso más trascendental de toda su vida: O. Henry fue acusado en 1895 de apropiarse de un caudal de dinero que tenía bajo su responsabilidad. Si bien muchos autores ponen en tela de juicio la culpabilidad del escritor, lo cierto es que tras advertir que sería arrestado por desfalco, en la víspera del juicio O. Henry decidió abandonar su país en julio de 1896 y se embarcó vía Nueva Orleans con destino a Honduras. Pasó cerca de siete meses viviendo en Honduras, principalmente en Trujillo. Más tarde escribió cuentos que tenían lugar en el pueblo de Coralio (basado en el pueblo real de Trujillo) en un ficticio país de América Central llamado Anchuria (basado en el país real de Honduras). La mayor parte de esos cuentos aparecen en el libro Cabbages and Kings. Poco o nada se conoce de su vida en Centroamérica, hasta que en febrero de 1897 se entera de que su mujer estaba agonizando en la ciudad de Austin, por lo que O. Henry debió tomar la decisión de volver a EE. UU. para estar junto a su esposa poco antes de su muerte, acaecida el 25 de julio de 1897. Menos de un año después, el escritor es capturado por la justicia por el desfalco del First National Bank y condenado a una pena de cinco años de prisión en la penitenciaria nacional de Columbus (Ohio), en la que ingresó en 1898 y donde estuvo detenido por tres años, hasta que se le concedió la libertad por buena conducta. O. Henry comenzó a escribir relatos cortos durante su estancia en la cárcel para poder ganar el dinero para mantener a su hija. En 1899, uno de sus relatos, «Whistling Dick's Christmas Stocking», llegó a ser publicado por una conocida revista de la época: el McClure's Magazine. Cuando cumplió su pena, en 1901, cambió definitivamente su nombre, William Sydney Porter, por el de O. Henry, acaso con la intención de borrar las sombras de su pasado. Se trasladó ese mismo año a Nueva York en donde vivió hasta su muerte. En Nueva York, la ciudad que el escritor amaba y escenario de muchas de sus narraciones, O. Henry obtuvo el reconocimiento por parte del público, aunque su relativa fama y su éxito literario nunca le brindaron un bienestar económico, en gran medida debido a su afición a la bebida. En efecto, existe una anécdota que dice que su relato más famoso, «El regalo de los Reyes Magos» (considerado por los críticos como uno de los mejores), fue escrito bajo la presión de un plazo de entrega, en tan solo tres horas y acompañado de una botella entera de whisky. Desde diciembre de 1903 hasta enero de 1906 escribió un cuento a la semana para el New York World. Contrajo nuevas nupcias en 1907 con su novia de la infancia, Sarah Lindsey Coleman. Ni este matrimonio ni el éxito que obtuvo rápidamente con sus cuentos (o tal vez precisamente por esto último) impidieron que cayese en el alcoholismo. Sarah lo abandonó en 1909. O. Henry murió un 5 de junio de 1910 a causa de una cirrosis hepática. Se celebró su funeral en Nueva York y fue sepultado en Asheville, Carolina del Norte. Su hija, Margaret Worth Porter, murió en 1927 y fue inhumada junto a su padre.

Samuel da gracias por un cuento

December 29, 2021

A Samuel le encanta dormirse con los cuentos que le cuentas sus papás, pero, en ocasiones, un poco de ayuda externa no viene nada mal. Eso es lo que sucedió con el audiocuento del gigante egoísta.

Cuento: "Tobías el astuto y Rául el avaro (Isaac Bashevis Singe)

December 29, 2021

Isaac Bashevis Singer (en yidis: יצחק באַשעװיס זינגער; Leoncin o Radzymin, según algunas fuentes, Reino de Polonia, entonces parte del Imperio ruso, h. 11 de noviembre de 1903[1]​[2]​[3]​-Miami, Florida; 24 de julio de 1991) fue un escritor judío, y ciudadano polaco. En 1978 se le concedió el Premio Nobel de Literatura.